Argentina atraviesa la caída más abrupta de la natalidad de toda su historia reciente. Datos publicados por el Observatorio del Desarrollo Humano y la Vulnerabilidad de la Universidad Austral, junto con la Dirección Nacional de Población, revelan un fenómeno que preocupa a especialistas y autoridades: desde 2014, los nacimientos se desplomaron más de un 40%, lo que convierte al país en el Estado sudamericano con la mayor reducción de nacimientos entre 2012 y 2023, con un descenso del 31,6%.

Los demógrafos advierten que Argentina ya ingresó en un “invierno demográfico”, una etapa caracterizada por tasas de fecundidad extremadamente bajas —hoy en torno a 1,3–1,4 hijos por mujer, muy por debajo del nivel de reemplazo generacional—, una pirámide poblacional que se invierte, con más adultos mayores que niños, y una pérdida sostenida de población joven. Esta dinámica compromete la capacidad futura del país para sostener su sistema previsional, dinamizar su economía y mantener estable su estructura social. Aun la inmigración, que en otros momentos funcionó como compensación demográfica, hoy resulta insuficiente para revertir la tendencia.

Los estudios coinciden en que la baja natalidad no es un fenómeno reciente. La caída comenzó hace cuatro décadas: la Tasa Global de Fecundidad pasó de 3,3 hijos por mujer en 1980 a 1,4 en 2022, una reducción del 57%. A esto se suman factores que transforman profundamente la vida familiar y social: la postergación de la maternidad, la mayor participación de las mujeres en el mercado laboral, el creciente costo de criar hijos y un clima económico de incertidumbre que se acentúa desde 2018. La pandemia de 2020 marcó el descenso más intenso, impulsado por el temor sanitario y la crisis económica.
Las consecuencias ya se sienten. La reducción del número de nacimientos acelera el envejecimiento poblacional y transforma la estructura etaria del país. Cada vez nacen menos niños, mientras la proporción de adultos mayores supera niveles históricos. Esto incrementa la presión sobre los sistemas de salud, cuidados y seguridad social, generando un país con más ancianos, menos trabajadores jóvenes y un dinamismo económico debilitado. En los próximos 15 a 20 años se proyecta una fuerte disminución de la población en edad laboral, lo que implicará menor crecimiento económico, menos innovación y menos contribuyentes para sostener los servicios públicos. También se observan cambios culturales profundos: hogares más pequeños, más personas viviendo solas, menos hermanos y maternidades cada vez más tardías, una tendencia que se consolida incluso en contextos de mejora económica.
Este panorama, aunque compartido por varios países del mundo, presenta en Argentina una velocidad y profundidad que generan particular preocupación. Desde la fe, observamos que la familia —institución fundamental para la formación, la contención y el desarrollo integral de las personas— se ve crecientemente cuestionada por corrientes que la consideran un espacio opresivo o reproductor de desigualdades. Frente a esta mirada, reafirmamos nuestra convicción de que la familia es la base de toda sociedad fructífera y que su debilitamiento repercute directamente en la nación.
Por eso, como cristianos hacemos un llamado a valorar, proteger y fortalecer la institución familiar en un tiempo donde tantos factores —económicos, culturales e ideológicos— parecen desdibujarla. Creemos que acompañar, sostener y promover la vida familiar es parte esencial de la respuesta frente a la crisis demográfica que atravesamos, y confiamos en que este compromiso puede aportar esperanza y dirección en medio de un escenario de incertidumbre.
Por Abigail Pajello
