Por la Dra. Maria José Mancino

Si usted ha pasado más de diez minutos en TikTok o Instagram últimamente, es probable que se haya topado con un video desconcertante: un adolescente saltando como un felino o cánidos en el jardín de su casa o en parques de diferentes países, luciendo una máscara artesanal y una cola de peluche. No es un ensayo para una obra de teatro. Estamos ante el auge de las relativamente nuevas comunidades Furry y Therian.
Nuestra primera reacción suele oscilar entre la risa, el desconcierto o una genuina preocupación: “¿Mi hijo se cree un perro? ¿Perdió el contacto con la realidad?”. Como psiquiatra, mi labor no es juzgar la estética de una generación, sino entender qué procesos mentales hay detrás de estos comportamientos.
Lo primero es desglosar los términos para no meter todo en la misma bolsa:
El Fandom Furry es, en esencia, un movimiento artístico y social. Les gustan los animales con características humanas (antropomórficos); es un hobby creativo, similar a ser fan de la ciencia ficción, donde hay diseño de personajes y mucha socialización.
Por otro lado, la Identidad Therian siente que su esencia interna o espiritual no es del todo humana, sino la de un animal (un lobo, un gato, un ave). No es una elección estética, sino una vivencia de identidad que para ellos resulta intrínseca.

¿Estamos ante una patología?
La pregunta del millón en mi consultorio es: “Doctora, ¿esto es un trastorno?”.
Aunque actualmente no están clasificados en sí mismos con esos nombres Therian y Furries como trastornos, la psicología lo llama “disforia de especie”. Uno como profesional debe evaluar por qué se está produciendo este cambio en su identidad. Se evalúa si su proceso de desarrollo de identidad sigue siendo coherente, si es natural, si respeta su unidad biopsicosocial y espiritual, si genera disfuncionalidad,si hay malestar clínicamente significativo o de riesgo, también se analiza el impacto en su vida diaria y la coherencia en su ser hombre o mujer,y en ser persona humana.
Actualmente, en líneas generales “parecen” expresiones de identidad o pertenencia como las distintas comunidades o tribus sociales que hemos visto a lo largo del tiempo, diferenciándose de la teriantropía clínica o la licantropía clínica que sí puede implicar delirios de tipo psicótico.
Sin embargo, desde la psiquiatría observamos esto como un fenómeno de adaptación. En un mundo hiperconectado pero emocionalmente huérfano, las comunidades Therian les ofrecieron una estructura de autodefinición inmediata, el “avatar” animal ofrece un sentido de pertenencia y un escapismo ante la ansiedad social, el estrés académico o la fragmentación de un yo no consolidado.
La adolescencia es, por definición, una etapa de cambios constantes y exploración del “yo”. Por eso, es crucial, no tomar decisiones irreversibles a esta edad de tanta vulnerabilidad, y ser cautelosos en el acompañamiento como padres.Existe una brecha enorme entre lo que el adolescente vive y lo que los padres entienden que está pasando.Cuando los padres no comprenden que la adolescencia es un periodo de “poda sináptica” y reconfiguración de la identidad, suelen reaccionar desde el miedo o el control, lo cual puede, irónicamente, acelerar esa pendiente resbaladiza. Esta pendiente puede ir desde una crisis de identidad transitoria hacia una psicopatología estructural que compromete el “capital humano” y que se cronifica, si no se actúa a tiempo.
El semáforo de la conducta: ¿Cuándo debemos preocuparnos?
Mi recomendación es que los padres observen la funcionalidad del joven en su día a día. Podemos dividir estos comportamientos en tres escenarios claros:
- En un escenario , digamos relativamente “saludable”, el joven mantiene sus vínculos sociales —tanto físicos como virtuales—, rinde adecuadamente en el colegio, colabora en las tareas de la casa o incluso cumple con sus responsabilidades laborales. En estos casos, utiliza el personaje como una vía de expresión artística o juego de rol. Podría decirse que es esperable que sea pasajero, transitorio, aunque sea un tanto extraño el hecho de la elección que ha hecho de esta necesidad de “pertenencia”. Aquí, la conducta es una fase de exploración creativa y la mejor respuesta del adulto es la escucha activa y el interés genuino, evitando siempre la burla que solo genera distancia.
- La situación cambia cuando aparece una pérdida de funcionalidad. Debemos encender las alarmas si notamos un aislamiento progresivo hasta total, descuido de la higiene personal, pocos o exclusivos amigos de esta comunidad o una caída drástica en el rendimiento general. Si el adolescente se niega a interactuar en contextos humanos necesarios y sólo acepta ser tratado como un animal de forma persistente y rígida, es momento de realizar una consulta con un profesional de salud mental para evaluar qué hay detrás de esa fijación. Si la mente se divorcia de la realidad biológica del cuerpo, entra en un estado de insanía o desorden
- Un punto crítico ocurre cuando este comportamiento surge de manera abrupta tras un evento traumático , traumas tempranos o un historial de bullying severo. Aquí, el “personaje animal” puede estar funcionando como un mecanismo de defensa o disociación para protegerse de un dolor emocional que el joven no sabe cómo procesar. En este contexto, el disfraz es un refugio, y lo que necesita el paciente es apoyo terapéutico para sanar la herida de base, no solo una crítica a su conducta externa. En todos los casos, cuando existen este tipo de consultas como profesional, lo primero que se hace es mirar el contexto familiar. Y se deben tener una serie de entrevistas largas con el padre para ver qué pasó en esa familia.
Menos pantallas, más presencia y limites de los padres
Mi consejo para los padres que hoy miran estas tendencias con sospecha es la curiosidad empática. En lugar de prohibir tácitamente, aproveche esta circunstancia para acercarse a su hijo a conocer qué le pasa y no generar más resistencia y distancia de la que puede haber—lo que suele empujar al adolescente aún más profundo hacia sus comunidades digitales—, pregunte: “¿Qué te hace sentir ese personaje?” o “¿Qué parte de ese animal te representa?”, y no deje de consultar a un profesional cercano y presencial, su hijo está pidiendo orientación y la familia necesita ordenarse mejor.
A menudo descubriremos que no buscan ser animales, sino que están intentando aprender a ser humanos en un mundo que les resulta abrumador. Detrás de la máscara, muchas veces, lo que realmente hay es un profundo sufrimiento que necesita ser visto y validado.
El cerebro adolescente es un laboratorio en constante ebullición. Nuestra tarea como padres es demostrarles que la vida humana plena es posible, con valores, con modelos firmes, para que los hijos adolescentes no se refugien en una máscara o una identidad alternativa y tengan una vida con un propósito sólido.
Por la Dra María José Mancino