Cristianos en Política

¿Nos están vendiendo “humo” con la batalla cultural a los cristianos?

Desde hace algunos años se viene escuchando esta frase en distintos escenarios políticos: «Estamos dando la batalla cultural» o «Queremos dar la batalla cultural», dando a entender que se está pelenado por el avance de ciertas ideas o conceptos en contraposición o reemplazo de otros.

Los sectores alineados al conservadurismo, al liberalismo y movimientos afines a la «nueva derecha» hablan de este concepto. Muchos líderes conservadores refieren este término para hablar de la batalla de las ideas: puede ser para confrontar al populismo, al progresismo o al wokismo. También entre líderes cristianos se ha escuchado esta frase: «Tenemos que dar la batalla cultural contra la ideología de género» o términos afines.

El escritor y politólogo Agustín Laje escribió un libro en este sentido. Parte de lo que plantea en su libro “La batalla cultural” es que las ideas de la izquierda ganaron terreno en las universidades y en espacios culturales porque hubo líderes que intencionalmente se ocuparon, desde hace décadas, de diseminar esos conceptos en los grandes centros de formación del pensamiento, el arte y la cultura.

Para muchos liberales, por ejemplo, dar la batalla cultural se refiere a propagar las ideas del libre mercado y la libre empresa. Esa lucha, desde esa perspectiva, refiere más a conceptos económicos. Para líderes conservadores, por otro lado, esa «batalla» tiene que ver más con cuestiones estrictamente valóricas y morales.

Sin embargo, líderes de izquierda también han empezado a utilizar esta expresión para referirse a la lucha contra la opresión de los grupos de poder o para contraponer las ideas de lo que ellos llaman “neoliberalismo”. En Argentina, por ejemplo, referentes como Axel Kicillof o Juan Grabois han usado esta expresión en sus discursos. Para algunos sectores de izquierda también hay que dar una «batalla cultural».

Por otro lado, también este término se ha usado en escenarios y ambientes religiosos donde muchos cristianos hablan de generar influencia y transformar la realidad con base en las ideas del evangelio y el cristianismo.

Por lo tanto, considero que «batalla cultural» hoy es un concepto bastante gelatinoso y difuso que puede significar cosas un poco distintas dependiendo de quién y dónde se use el término. Está claro que para algunos sectores de la nueva derecha hay cierto consenso de a qué se refiere esto. Pero quiero ir un poco más a fondo en esta cuestión, sobre todo para aquellos que somos cristianos.

La pregunta es: ¿Un cristiano lidia con una batalla cultural? ¿Deberían los cristianos apropiarse de este término?

En primer lugar, es importante comprender la misión que tenemos como cristianos. Porque antes de ser o no activistas de una causa o de militar políticamente para un espacio, somos cristianos y, en esencia, hijos de Dios; eso es lo que nos define en primera instancia. Primero somos hijos de Dios y, luego, los otros rótulos son posteriores.

Partiendo de esta base es que anclamos nuestra vida en nuestra identidad. Los cristianos fuimos llamados a ser luz, a iluminar (Mateo 5:14-16). Somos hijos de Dios y parte de nuestra misión principal es vivir y predicar el evangelio (Marcos 13:10), cumpliendo la gran comisión que nos ha sido encomendada (Mateo 28).

Si los cristianos no tenemos clara nuestra identidad en Cristo y la gran comisión de la iglesia de la que formamos parte, podemos caer en la tentación de solo luchar por ideas partidarias, temporales y finitas.

Un cristiano que está involucrado en activismo y política puede no comprender su esencia como hijo de Dios y como «embajador» del reino de los cielos, y considerar que su misión en la vida solo es propagar las ideas del conservadurismo o la «nueva derecha». Allí es donde muchos cristianos se equivocan.

El término «batalla cultural» se queda muy corto frente a la realidad de la trascendencia. Somos seres espirituales, no solamente personas de carne y hueso que producen ideas, costumbres y cultura. Una nación realmente comienza a cambiar cuando las personas reconocen que necesitan a Dios y empiezan a vivir de acuerdo con los principios y la ética que emanan de la Palabra de Dios (Biblia).

Ese proceso de transformación lo lleva adelante la iglesia guiada por la obra del Espíritu Santo. Está claro que luego las ideas que emergen o se desprenden de la cultura cristiana tienen que ser trasladadas a la vida en comunidad, a la educación, a la salud, a los negocios, a las artes, etc. Porque se puede esparcir una buena cultura o muy buenas ideas, o ganar proyectos de ley “provida” pero sin el fundamento del evangelio y la ética cristiana, todo esto queda limitado.

Nuestra batalla es en esencia espiritual. Nuestra misión es más trascendente que la de un partido o movimiento político. Nuestra misión como cristianos es reflejar a Cristo en la sociedad y permitir que los principios de la Palabra de Dios se apliquen a la vida diaria, a nuestra familia, comunidad y nación. Nuestra tarea prioritaria como cristianos no es «poner» en el poder a líderes de derecha, sino realmente vivir el evangelio en cada espacio y lugar en el que estemos.

El apóstol Pablo expresa lo siuiente: ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quién les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? (Romanos 10).

Por lo tanto, la batalla de los cristianos es más profunda y trascendente que simplemente llevar adelante una «batalla cultural». Por supuesto que luego habrá que defender las «verdades» morales que emanan de las Escrituras.

Ahora bien, si un cristiano está en política partidaria y quiere usar ese término, está bien dentro de ese marco. Pero, en esencia, los cristianos no estamos solo en una batalla cultural, sino en una que es más trascendente y profunda: Una batalla espiritual, y en segundo plano, cultural.

Veamos, la Biblia es clara respecto a que hay poderes siniestros que son invisibles y que operan en una dimensión metafísica. Esos poderes espirituales no se pueden confrontar solo con un debate, haciendo un streaming, legislando un proyecto provida o realizando una marcha por la vida. Todas esas cosas son buenas y necesarias, pero si no hay una batalla espiritual que se lleve adelante en esa esfera, nos quedamos muy cortos.

En el libro de Efesios 6:10-18, la guerra espiritual es definida no como un conflicto contra personas o de simples ideas, sino como una batalla contra fuerzas espirituales malignas. Los cristianos tenemos que reconocer esta premisa antes de ir al campo de las ideas. La batalla es siempre ESPIRITUAL.

Por lo tanto, la lucha no es contra personas de carne y hueso, sino contra poderes invisibles que operan en las sombras y desde la oscuridad. Estos poderes invisibles operan en los lugares de gobierno influyendo en las mentes y las decisiones de los grandes líderes y creando, de este modo, sistemas «caídos».

Que el término «batalla cultural» no nos desenfoque de nuestra verdadera misión como cristianos. Por supuesto que tenemos que pelear por nuestra fe y defenderla, como lo dice la Escritura.

El consejo de Pedro en una de sus cartas es muy claro al respecto:

Estén siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes. Pero háganlo con gentileza y respeto, manteniendo la conciencia limpia, para que los que hablan mal de la buena conducta de ustedes en Cristo se avergüencen de sus calumnias. (1 Pedro 3:15-16)

Hay que dar una batalla desde las ideas, el debate, la legislación de proyectos y el activismo, por supuesto. Pero no olvidemos que hay una batalla subterránea, subyacente, invisible a nuestros ojos y oídos, que es la que origina todo lo material. Lo invisible define lo visible. Lo espiritual define lo corpóreo.

Lo espiritual no es algo trivial o superficial y no deberíamos tomarlo a la ligera. La incomprensión de esto hace que muchos cristianos vean prácticas como el ayuno y la oración como algo no tan relevante en la vida diaria y política de un individuo, familia y nación. Por eso, muchos no lo tienen como un gran hábito.

Muchos cristianos dicen estar dando una batalla cultural, pero no dedican tiempo a la oración personal y mucho menos a la oración de intercesión por otros. Quieren ganar una batalla cultural sin afectar lo que subyace. No hay triunfo genuino si no se transforma lo espiritual.

La vida misma de Jesús nos enseña esta gran verdad. Él mismo apartaba tiempo para orar e instó a sus discípulos a hacerlo, porque comprendía la dimensión metafísica que es más trascendente que la dimensión física en la cual nos vemos los seres humanos. Antes de la batalla de las ideas está la del campo del espíritu.

No vas a ver a muchos líderes que pregonan la batalla cultural hablar de la oración, por ejemplo. Y está bien, algunos de ellos no son cristianos, no tendrían por qué hacerlo. Porque la batalla cultural hace foco en las ideas; sin embargo, un buen discurso o una buena dialéctica no pueden confrontar ni cambiar lo que es en esencia espiritual. Las narrativas se ganan con otras narrativas, pero lo espiritual se confronta solamente con lo espiritual.

Hay una batalla cultural, pero no sirve de mucho para los cristianos si, en primer lugar, no comprendemos que hay una verdad que la antecede, que es la espiritual. En todo caso, esa batalla tiene que ser útil y servil a la causa mayor, que es la de llevar el evangelio y poner en práctica las obras de Jesús.

La otra premisa que es necesario confrontar es pensar que con gobiernos de «derecha» se avanza en la batalla cultural. ¿Son necesarios líderes que respeten la vida, la libertad religiosa y que tengan, entre otras cosas, temor de Dios? Por supuesto, pero no sirve de mucho si la iglesia no cumple con la gran comisión a las naciones que es la de predicar, enseñar y hacer discípulos de Cristo. Esa tarea no le corresponde solo a los líderes cristianos; nos corresponde a todos aquellos que profesamos la fe cristiana. Las personas y las naciones son bendecidas cuando conocen el evangelio de Jesucristo. Sin Cristo no hay crecimiento, libertad ni bendición duradera para ninguna nación.

Con esto no estoy diciendo que no hay que dar debates, marchar, confrontar en ocasiones con los perversos, defender la fe cristiana y esparcir los valores del evangelio en las distintas esferas de influencia, pero no hay que pensar que ganando una supuesta «batalla» cultural vamos a resolver los grandes problemas de la humanidad, que son más profundos que esos.

Para los que decimos creer en Jesús, nuestra primera y última causa es Cristo y su reino; todo lo demás es añadidura y viene después. La ecuación es así siempre: primero el espíritu, luego las ideas.

Omar Sarmiento