Entre el scroll infinito, la hiperconectividad y la necesidad de lo inmediato, la ansiedad parece encontrar un nuevo escenario en la vida cotidiana de muchos jóvenes.
Son las dos de la mañana. La idea era mirar “un video más”, pero ya pasó casi una hora. Ninguno duró más de treinta segundos. Entre recetas, noticias, memes y publicidades disfrazadas de contenido, el dedo sigue deslizándose casi por inercia. En la era del scroll infinito, la paciencia parece haberse convertido en un recurso cada vez más lejano.
Las redes sociales transformaron profundamente la manera en que nos comunicamos, aprendemos y consumimos contenido. Hoy, plataformas como TikTok, Instagram o YouTube Shorts nos acostumbraron a recibir estímulos constantes, inmediatos y personalizados. El algoritmo sabe qué mostrarnos, cuándo hacerlo y cómo mantenernos allí algunos minutos más… o quizás varias horas, sin que te des cuenta.
Pero la pregunta es inevitable: ¿qué ocurre cuando esa lógica de velocidad deja de pertenecer sólo a las pantallas y empieza a trasladarse a nuestra vida cotidiana?.

Hablar de ansiedad en los jóvenes no significa responsabilizar exclusivamente a las redes sociales. La salud mental está atravesada por múltiples factores: la incertidumbre sobre el futuro, las exigencias académicas, las dificultades económicas, los vínculos y las presiones sociales. Sin embargo, distintos especialistas advierten que ciertos hábitos digitales, como la hiperconectividad o el consumo acelerado de contenido, pueden influir en el bienestar emocional y en la forma en que nos relacionamos con el tiempo, la atención y la frustración.
Según UNICEF Argentina, el entorno digital ocupa hoy un lugar central en la vida cotidiana de adolescentes y jóvenes, funcionando no solo como espacio de entretenimiento, sino también de socialización, construcción de identidad y acceso a la información. En ese escenario, las pantallas dejaron de ser únicamente herramientas para convertirse en parte del modo en que se experimenta el mundo.
El psicólogo argentino especializado en adolescencia, Alejandro Schujman, declaró en una entrevista: “Estamos en crisis. Viene siendo uno de los puntos más débiles de las últimas décadas. Conforme avanza todo esto de la hiper tecnologización, se genera mucha ansiedad, estas utopías de pensar que tenemos que llegar rápido; no sabemos muy bien a dónde y nunca alcanza”. En una época donde todo parece suceder al instante, esperar empieza a sentirse más como un problema que como parte natural de los procesos.
No se trata solo del tiempo frente a la pantalla, sino de cómo se consume. Todo parece exigir velocidad: videos cortos, respuestas inmediatas, contenido resumido y satisfacción instantánea. Esperar se volvió incómodo. El aburrimiento parece un enemigo a combatir. Si algo tarda demasiado, pierde valor; si no entretiene rápido, se descarta.
La aceleración no solo apareceen el gesto automático de deslizar una pantalla. También está incorporada en las propias herramientas de las plataformas. Hoy, muchas redes sociales y aplicaciones audiovisuales ofrecen la posibilidad de reproducir contenido a velocidad aumentada: 1.5x, 2x o incluso más rápido. Un podcast, una entrevista o un video pueden consumirse en menos tiempo, como si incluso escuchar o mirar al ritmo natural se hubiera vuelto demasiado lento.
Quizás uno de los cambios más silenciosos de esta época sea la dificultad para convivir con los momentos vacíos. Una fila, un viaje corto o incluso unos minutos sin estímulos suelen llenarse automáticamente con una pantalla. El silencio incomoda, el aburrimiento se evita y la espera parece haberse transformado en tiempo perdido.
En este contexto, también aparece el llamado FOMO (fear of missing out, o miedo a perderse algo): la necesidad de estar siempre al día, de no perderse ninguna tendencia, conversación o acontecimiento. Una presión silenciosa que puede traducirse en cansancio mental, comparación constante y sensación de insuficiencia frente a vidas que, muchas veces, parecen cuidadosamente editadas detrás de una pantalla.
El debate sobre el impacto de las redes sociales incluso llegó a instancias judiciales. En Estados Unidos, Meta (empresa dueña de Instagram) enfrentó demandas impulsadas por familias de adolescentes que sostienen que las plataformas afectaron el bienestar psicológico de jóvenes usuarios, reabriendo una discusión cada vez más presente: ¿hasta qué punto las redes son solo herramientas y cuándo empiezan a moldear nuestras conductas?
Quizás el problema no sea el uso de las redes en sí, sino el ritmo al que nos acostumbramos. La inmediatez ya no parece una ventaja, sino una exigencia. Queremos respuestas rápidas, resultados rápidos y entretenimiento constante. Pero hay cosas que no funcionan bajo esa lógica: construir vínculos, estudiar, atravesar procesos personales o, simplemente, aprender a tolerar el tiempo sin estímulos permanentes.
Donde todo parece deslizarse a la velocidad de un dedo sobre una pantalla, quizás la pregunta ya no sea cuánto consumimos, sino cuánto espacio dejamos para detenernos. Porque, en tiempos donde todo compite por nuestra atención, frenar también puede ser una forma de elegir.
Por: Abril Cesia Rios
