Cristianos en Política

¿Por qué nacen cada vez menos niños en Occidente?

Estamos ante una crisis de natalidad mundial. El fenómeno tiene nombre: “baby bust” .
El crecimiento demográfico se ha ido ralentizando en los últimos cincuenta años. Para mantener el reemplazo generacional, los países necesitan una tasa total de fertilidad (TFR) de 2,1 hijos por persona en edad reproductiva, pero las cifras hoy ya no alcanzan: para 2050, 155 de los 204 países y territorios estarán por debajo del nivel de reemplazo, y para 2100 serán alrededor de 198, un 97% del total global. Así lo afirma el estudio Global Burden of Disease (GBD), dirigido por el Institute for Health Metrics and Evaluation (IHME) de la Universidad de Washington. Esto significa que, a menos que la fertilidad aumente, el reemplazo generacional simplemente no va a ocurrir.
El futuro que se proyecta es una población mundial envejecida, con menos jóvenes y, por lo tanto, menos mano de obra para sostener el sistema económico actual, donde los ciudadanos en edad laboral no podrán mantener el creciente número de personas mayores. El impacto alcanzará a la defensa, el peso geopolítico de los países y la productividad económica. La Dra. Natalia V. Bhattacharjee, científica principal del IHME, lo resume así: “Estas tendencias futuras en las tasas de fertilidad y los nacimientos vivos reconfigurarán por completo la economía global y el equilibrio internacional de poder, y requerirán la reorganización de las sociedades.”

¿Cuáles son las causas de este declive? La evidencia apunta, en primer lugar, a factores socioeconómicos. Diversos estudios de la National Library of Medicine (NLM) coinciden en señalar el aumento del nivel educativo femenino y su incorporación al mercado laboral, la postergación de la maternidad/paternidad, el encarecimiento de la vivienda y la crianza, la urbanización y la caída de la práctica religiosa. A esto se suman factores de estilo de vida —obesidad, tabaquismo, alcohol, contaminantes— que afectan la fertilidad biológica. En el fondo, sostienen estos estudios, la causa última es la prosperidad misma: a medida que los países se enriquecen, la fertilidad cae, mediada sobre todo por la educación femenina y un propósito de vida que ya no gira en torno a la procreación.
A esto se suma un desplazamiento del centro de gravedad de los nacimientos hacia los países de ingresos bajos, que enfrentan peores condiciones sanitarias, mayor estrés climático y altas tasas de mortalidad materna y perinatal. Allí los hijos siguen siendo necesarios como fuerza laboral y sostén en la vejez, y la fertilidad se mantiene alta por el menor acceso a anticonceptivos y educación femenina. Esta disparidad global anticipa otra situación que deberá ser abordada por los estados: una creciente presión migratoria que se dará entre sociedades envejecidas con escasez de mano de obra y sociedades jóvenes con pocas oportunidades económicas.
Pero los factores económicos no explican todo. Las últimas décadas estuvieron marcadas por una transformación más profunda en los valores de Occidente. Una teoría de hace casi 50 años da algunos índices que hoy podrían resultar familiares. El politólogo Ronald Inglehart en 1977 planteó que las generaciones criadas en contextos de creciente prosperidad —a diferencia de las formadas en escasez o posguerra— desplazan sus prioridades desde la seguridad económica hacia la autoexpresión, la autonomía y la calidad de vida.
Esta “revolución silenciosa” no significa que las personas cambien de forma de pensar a medida que envejecen, sino que cada generación queda marcada para siempre por las condiciones en las que creció, y mantiene esos valores durante toda su vida. El cambio en la sociedad ocurre, entonces, por un simple recambio generacional: cuando las generaciones más jóvenes, criadas con mayor bienestar y seguridad, van ocupando el lugar de las generaciones mayores, sus valores se convierten poco a poco en los predominantes. Es un proceso tan gradual que pasa casi inadvertido, y por eso Inglehart lo llamó “silencioso”.
Esta teoría podría explicarnos por qué en el siglo XXI tener hijos deja de ser una necesidad —económica, de sostén en la vejez o de continuidad familiar— y pasa a competir con otros proyectos de realización personal: desarrollo profesional, libertad de movimiento, bienestar individual. La caída de la natalidad en Occidente no sería entonces solo un problema de vivienda, empleo precario o costos de crianza, sino también la consecuencia de un cambio cultural de fondo, en el que tener hijos deja de ser un deber y se convierte en una opción más dentro de un proyecto de vida individual.

Por: Abigail Pajello