Cristianos en Política

¿Los cristianos deberían hacer lobby? ¿O es una práctica incompatible con nuestra fe?

Cómo espantar fantasmas místicos de una de las herramientas básicas del accionar político.

El lobby es una actividad política organizada que busca difundir intereses para convencer e influir legítimamente en quienes tienen el poder de gobierno. Consiste en establecer relaciones y, mediante argumentos e información, presentar propuestas para que ciertas necesidades o valores sean considerados en la elaboración de leyes, políticas públicas y otras decisiones oficiales.

Es un modo de participación en la vida pública en el que empresarios, gremios, entidades profesionales, asociaciones civiles y organizaciones religiosas intentan incidir en la agenda política y en las decisiones del Estado.

El lobby no es una actividad mala y mucho menos contraria a la democracia. En el sistema republicano, se asume que todos los sectores tienen derecho a dar a conocer sus intereses, ideas y propuestas.

Sin embargo, hay que reconocer que su valoración depende de los medios utilizados y de la transparencia de sus prácticas. Se espera que su influencia esté basada en la verdad y que actúe dentro de la legalidad. Las prácticas inmorales vinculadas al lobby incluyen el soborno, el tráfico de influencias y la búsqueda de privilegios indebidos, conductas que no respetan nuestros valores éticos.

Pienso que la cuestión no es si hacemos lobby o no, sino cómo actuamos y utilizamos esta herramienta política. Su enorme poder es lo que le da relevancia; por eso, es imprescindible saber de qué se trata.

El lobby como instrumento político

  1. Construye consensos en temas sensibles.
  2. Edifica relaciones entre instituciones.
  3. Promueve el diálogo con funcionarios del Gobierno.
  4. Contribuye a la elaboración de proyectos legislativos, informes técnicos, etc.
  5. Logra que la sociedad se involucre en el debate.
  6. Promueve acuerdos.
  7. Permite controlar y evaluar las decisiones y acciones del Gobierno.
  8. Legitima a actores que adquieren representación pública de distintos intereses.
  9. Funciona como un instrumento complementario de los partidos políticos y de otros actores sociales.

Otra faceta del lobby es que busca lograr que un tema importante para un sector de la sociedad pase a ser de interés general para toda la ciudadanía.

Además, es necesario que quienes ejercen el lobby sepan cómo funciona el Estado, conozcan la situación social y económica y comprendan el marco jurídico. Por supuesto, también necesitan una gran capacidad de diálogo.

Lobby y participación política de los cristianos

Para nosotros, el lobby incluye una cuestión adicional: ¿cómo defender nuestras convicciones desde la fe en un ámbito político en el que existen miles de ideas, creencias e intereses diferentes?

Quizás sirva distinguir entre nuestra identidad y el rol del Estado.

Es evidente que tenemos todo el derecho, como ciudadanos, a promover iniciativas, debatir y participar, en virtud del principio republicano de libertad de expresión. Pero esto no nos exime de respetar las reglas de la democracia, contar con capacidad técnica, presentar argumentos públicos sólidos y, por supuesto, asumir la responsabilidad institucional que nos corresponde.

No deberíamos hacer lobby únicamente sobre nuestros temas de interés, sino también sobre otras cuestiones que afectan a la ciudadanía en general. Es decir, debemos tener bien en claro cuál es el tema que nos preocupa, desde qué principios lo defendemos o proclamamos y cuáles serán las consecuencias públicas de ese enfoque para el resto de la población.

Lo digo claramente: el hecho de que los cristianos hagan lobby no convierte automáticamente una propuesta en legítima o justa, ya que hay varios factores que deben tenerse en cuenta, y no solo la identidad religiosa.

Considero que los siguientes elementos son necesarios para esta práctica democrática:

  1. La verdad como fundamento permanente.
  2. El bien común como objetivo general.
  3. La defensa de la vida y de la dignidad humana.
  4. La transparencia total en la práctica del lobby.
  5. La vocación de servicio y no la búsqueda de privilegios.
  6. La capacidad de dialogar respetuosamente con el adversario político.
  7. La coherencia entre las palabras y las acciones.
  8. La conciencia de que, en muchas ocasiones, la percepción general es que representamos a la Iglesia cristiana.
  9. La capacidad de actuar como estrategas sabios, discerniendo los momentos y las circunstancias.
  10. La creación de un observatorio que estudie y analice cada tema.
  11. El establecimiento de buenas y sólidas relaciones institucionales.
  12. La capacitación especializada de quienes ejercen el lobby.
  13. La identificación y separación de la actividad religiosa y la actividad política.

Termino diciendo que, como en toda actividad política, el lobby genera tensiones. No es fácil. Es dialogar, pero también discutir. Es tener una mente abierta, pero también plantear diferencias irreconciliables. Muchas veces, implica establecer límites en el mundo de las ideas y de las acciones políticas.

La Biblia, como libro perfecto, nos ofrece los siguientes textos para tener en cuenta a la hora de pensar en el ejercicio de este importante derecho democrático:

  • Proverbios 31:8-9: llama a hablar en favor de quienes no pueden defenderse y a juzgar con justicia, atendiendo a los necesitados. Puede relacionarse con la responsabilidad de representar a quienes tienen menor capacidad de incidencia.
  • Miqueas 6:8: destaca la justicia, la misericordia y la humildad ante Dios como exigencias de la conducta humana.
  • Mateo 20:25-28: contrapone el dominio ejercido sobre otros con el servicio, ofreciendo un criterio para evaluar nuestra concepción del liderazgo.
  • Mateo 5:37: destaca la importancia de que la palabra sea confiable, un principio aplicable a los compromisos asumidos en la actividad pública.
  • Romanos 13:1-7: aborda la autoridad civil y las responsabilidades relacionadas con ella. Su interpretación política debe considerar el contexto del pasaje y el conjunto del pensamiento bíblico.
  • Jeremías 29:7: exhorta a procurar el bienestar de la ciudad en la que el pueblo se encuentra, ofreciendo una referencia para pensar nuestra responsabilidad hacia la comunidad.

Para el actor político cristiano, el desafío consiste en convertir sus convicciones en una práctica pública responsable, capaz de combinar identidad, preparación, diálogo, integridad y compromiso con el bien común, y no limitarse a la búsqueda del acceso al poder.

Nuestra fe no reemplaza el conocimiento científico; nuestras intenciones siempre deben ser revisadas, y la vida de iglesia no es sinónimo de buena moral.

Como siempre digo: hagamos política, pero que se note que somos cristianos.