Cada vez más cristianos se involucran en los asuntos públicos. Esto incluye también los ámbitos gubernamentales y no sucede solamente en Argentina.
Sin embargo, es necesario que este vínculo, cada vez más estrecho, entre el liderazgo evangélico y distintos sectores del poder político se construya con sabiduría.
El pasado sábado, el presidente argentino Javier Milei asistió a la inauguración del auditorio de la iglesia Jesús es Rey, cuyo pastor principal es Hugo Márquez. Y, tal como ocurrió anteriormente en la iglesia del pastor Jorge Ledesma en la provincia de Chaco, el aparato político utilizó con fines partidarios una plataforma que, en principio, está destinada fundamentalmente a la predicación del evangelio.
En aquella oportunidad cuando Milei visitó la iglesia de Chaco, escribí sobre la intromisión y la astucia del poder gubernamental para “hacer política” en medio de un evento de fe. “Hacer política” no está mal, per se. Para eso están los funcionarios: para comunicar lo que consideran correcto, explicar sus decisiones y promover la implementación de su plan de gobierno.
Quienes anhelamos ver una Argentina transformada por el poder del evangelio celebramos que un presidente les dé espacio a los líderes cristianos de un país y los escuche, siempre que lo haga de manera genuina. Y también celebramos que se inauguren nuevos templos cristianos, porque son una expresión del avance del evangelio en la vida de las personas, familias y comunidades de fe.
El problema radica en que se utilice una plataforma destinada principalmente a la predicación del evangelio para un fin político-partidario. Y el discurso de Milei durante la inauguración tuvo un marcado contenido partidario. Este señalamiento no pretende desconocer ni desmerecer el trabajo que realiza la iglesia Jesús es Rey, como tantas otras congregaciones de la provincia de Neuquén. Pero cuando se pierde de vista el propósito de una plataforma, es necesario marcarlo. Sobre todo cuando esta problemática la hemos observado también en otros países, donde se le presta la plataforma a un funconario, sin importar el matiz ideológico que este tenga, para hacer un uso partidario del mismo.
Los líderes evangélicos tenemos la responsabilidad de orar por las autoridades, bendecirlas y ser una guía profética que, con sabiduría, pueda orientar a los funcionarios para que tomen mejores decisiones. Pero no podemos ser ingenuos. No es sabio permitir que un presidente utilice el micrófono de una iglesia para hacer política partidaria. Y esta es precisamente la cuestión: no se trata solamente de lo que hace el presidente, sino también de lo que el liderazgo pastoral permite.
El político y su equipo harán todo lo que esté a su alcance para destacar su imagen y los logros de su gestión. Es parte de la dinámica de la política: el funcionario necesita adhesión y que la sociedad valore lo que hace desde su gestión. El problema es lo que los líderes cristianos permitimos.
La transmisión oficial de la iglesia en YouTube, tal como ocurrió en el caso de la iglesia de Ledesma, también quedó atravesada por la comunicación institucional de Presidencia. Apareció la placa oficial del Gobierno y el discurso del presidente fue grabado y difundido a través del canal en Youtube de la Oficina del Presidente, como si el acto hubiera sido, en esencia, un evento de carácter político-partidario.
En su discurso, Milei habló de los fundamentos morales de su gobierno y de los lineamientos que considera justos. Sin embargo, no todo lo que expresó está necesariamente ligado a la cosmovisión cristiana. En todo caso, son los pastores quienes tienen la responsabilidad de predicar el evangelio a los políticos, y no al revés: no corresponde que un funcionario utilice el espacio de la iglesia para predicar su propia filosofía política a los feligreses, por más que algunos de sus planteamientos puedan coincidir con principios de las Escrituras.
Uno de los momentos incómodos para muchos evangélicos fue cuando el propio presidente destacó la visita del Papa al país, algo que para él representa un hecho positivo, pero que no necesariamente es compartido de la misma manera por muchos evangélicos.
Pero más allá de eso, es responsabilidad del liderazgo pastoral establecer límites claros sobre lo que un funcionario puede o no puede hacer cuando visita una iglesia. Si un funcionario quiere visitar una iglesia es el pastor el que tiene que poner los límites y establecer las reglas.
Ya lo he escuchado antes. “El tema es que el político quiere hablar, sino no viene”. Entonces que no venga. Se puede orar por el, puede saludar brevemente. Pero no dar un monólogo partidario, eso no está bien.
Tal como ocurrió en aquella oportunidad, el pastor Ledesma terminó viéndose condicionado por las decisiones y la intervención del equipo presidencial. Aquí es donde debemos aplicar la sabiduría. El político buscará hacer lo que sabe hacer: destacar los aspectos positivos de su gestión y marcar diferencias con sus adversarios. Pero los líderes de la Iglesia deben comprender que no están obligados a ceder sus espacios para esos propósitos.
Es cierto, el púlpito no es sagrado “per se”. Lo sagrado es la misión que tenemos como hijos de Dios. Por eso, no podemos permitir que el poder político utilice las plataformas destinadas a la Palabra de Dios para hacer proselitismo o promover intereses partidarios.
Por más que un pastor o líder de una congregación tenga adhesión a ese espacio político, cosa que bien puede suceder, pero hay que separar las cosas. En un espacio, auditorio u oficina de carácter público, el funcionario establece las reglas del juego. Pero en un espacio donde se predica la Palabra de Dios (iglesia), las reglas deben ser establecidas por los líderes espirituales, quienes, con temor de Dios, deben tener claro que lo más importante es preservar la misión de la Iglesia y la centralidad del evangelio.
Es necesario que los líderes aprendan a establecer protocolos basados en la prudencia y la sabiduría. No para cerrarles las puertas a los funcionarios, sino para evitar que la política termine utilizando y condicionando una plataforma cuya finalidad principal es la predicación del evangelio de Jesucristo al pueblo de Dios.
Celebro que Milei tenga cerca a pastores y líderes cristianos. Pero debemos aprender a distinguir los espacios y las responsabilidades. A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. El poder puede embelezar y ser muy tentador pero es necesario ponerle límites.
Un líder puede caerte bien, uno puede tener adhesión hacia un espacio pero no lo debemos lealtad a un líder político. Le debemos lealtad a nuestro Señor Jesucristo. Podemos honrar, respetar y orar por las autoridades pero cada cosa en su lugar.
Aprendamos de estas experiencias y no confundamos los tantos. El político suele buscar reconocimiento y gloria para sí mismo. Tengamos cuidado de no terminar cediendo un espacio que, por encima de cualquier liderazgo terrenal, debe darle toda la gloria a quien verdaderamente le corresponde: nuestro Señor Jesucristo.

Comunicador y Análista Político. Integra organizaciones enfocadas en la intersección entre fe y política. Cofundador de Cristianos en Política. Director de la agencia de comunicación Lexfe.
