Hablar de política en la Argentina actual inevitablemente nos lleva a un clima de tensión, cansancio social y debates cada vez más ásperos. En medio de discusiones como la reforma laboral que despierta expectativas, temores y posiciones encontradas el Congreso se vuelve escenario no solo de decisiones que impactan la vida cotidiana, sino también de comportamientos que reflejan el momento que atravesamos como sociedad. Episodios de gritos, interrupciones, gestos de confrontación e incluso escenas simbólicas de violencia institucional, como cuando se desconectan micrófonos para impedir la palabra, dejan una imagen que profundiza la desconfianza.
En ese contexto, la decepción crece. Muchas personas sienten que la política se aleja de los problemas reales y se acerca demasiado a las disputas de poder. La reforma laboral, que debería ser una conversación seria sobre trabajo, dignidad, oportunidades y futuro, queda muchas veces atrapada en estrategias, intereses y posicionamientos que priorizan ganar la discusión antes que encontrar soluciones.
Pero el problema no es la política en sí. El problema aparece cuando el poder deja de entenderse como servicio. Cuando la verdad se negocia, la coherencia se vuelve flexible y la conveniencia pesa más que el bien común, la política pierde su esencia.
Ahí es donde la presencia de personas con valores firmes deja de ser un ideal para convertirse en una necesidad.
Los cristianos que llegan a la política no están llamados a ocupar espacios para repetir consignas religiosas ni para diferenciarse desde el discurso, sino desde algo más profundo: el carácter. Integridad cuando nadie mira. Honestidad cuando hay presión. Humildad cuando el clima invita a la confrontación. Capacidad de escuchar incluso cuando no conviene.
La diferencia real se ve en las decisiones pequeñas y en los momentos incómodos. En no sumarse a la violencia verbal. En no justificar prácticas solo porque son habituales. En no olvidar que representar a la gente también implica representar valores.
Sin embargo, existe un riesgo silencioso: adaptarse. El sistema muchas veces empuja a ceder de a poco. Primero en detalles, luego en prioridades, hasta que los principios comienzan a negociarse. Y allí aparece una tensión profunda para muchos políticos creyentes: recordar por qué llegaron.
No son pocos los casos en los que la fe queda en segundo plano frente a acuerdos, intereses o beneficios. El dinero, la permanencia en el poder o la lógica partidaria pueden terminar desplazando aquello que originalmente dio sentido al llamado. No siempre ocurre, pero cuando sucede, la decepción es mayor, porque la expectativa también lo era.
Por eso, la integridad en política no es un concepto idealista; es una decisión cotidiana. Es elegir no hacer lo mismo que todos cuando lo mismo que todos implica cruzar límites. Es entender que el testimonio no se da en un templo, sino en una votación, en una negociación, en la forma de tratar al otro, incluso al adversario.
La integridad incomoda, pero marca rumbo. La coherencia no siempre genera aplausos, pero construye confianza. Y la humildad, en un escenario dominado por la confrontación, se vuelve profundamente transformadora.
La sociedad no necesita políticos perfectos. Necesita personas que no olviden quiénes son cuando tienen poder. Personas que recuerden que el servicio no es un eslogan y que los valores no son un accesorio de campaña. Especialmente quienes dicen vivir su fe están frente a una oportunidad única: demostrar que otra forma de hacer política es posible.
Cuando la integridad también gobierna, el debate puede seguir siendo intenso, las diferencias van a existir y los desafíos serán complejos. Pero algo cambia: vuelve la credibilidad. Y con ella, algo que hoy resulta urgente recuperar….la esperanza.
Maby Pastrana
