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Cuba 1961: cuando el régimen de Fidel Castro expulsó a la Iglesia de la vida pública

Apenas dos años después del triunfo revolucionario de 1959, Cuba experimentó una de las transformaciones más profundas de su historia contemporánea. En 1961, el gobierno encabezado por Fidel Castro avanzó decididamente hacia un modelo socialista inspirado en la Unión Soviética, iniciando un proceso que afectó directamente a una de las instituciones con mayor presencia social en la isla: la Iglesia Católica.

Hasta ese momento, la Iglesia desempeñaba un papel central en la educación, la asistencia social y la formación de miles de familias cubanas. Sin embargo, la aprobación de la Ley de Nacionalización de la Enseñanza marcó el comienzo de una etapa de confrontación que alteró radicalmente ese escenario.

La nacionalización de la educación

La nueva legislación eliminó la educación privada en todo el país. Como consecuencia, aproximadamente 350 colegios católicos fueron confiscados por el Estado.

Instituciones administradas por congregaciones como los Jesuitas, los Hermanos de La Salle y los Maristas perdieron escuelas, bibliotecas, laboratorios y demás instalaciones educativas, que pasaron a control gubernamental.

Para la Iglesia, esto significó la pérdida de su principal espacio de formación de jóvenes. Para el régimen, representó la posibilidad de controlar de manera exclusiva la educación y la formación ideológica de las nuevas generaciones.

El éxodo de religiosas y la reducción de la presencia eclesial

La confiscación de los centros educativos dejó sin funciones a miles de religiosas que trabajaban en ellos.

Antes de 1959, Cuba contaba con más de 2.200 religiosas. Sin embargo, la presión política, el cierre de conventos y el creciente hostigamiento impulsaron una salida masiva hacia Estados Unidos, España y otros países de América Latina.

Al finalizar 1961, apenas unas 200 religiosas permanecían en territorio cubano.

El episodio del barco Covadonga

Uno de los momentos más significativos de esta confrontación ocurrió en septiembre de 1961.

Tras una serie de tensiones y enfrentamientos vinculados a manifestaciones religiosas, las autoridades cubanas ordenaron la expulsión de 136 sacerdotes y religiosos.

Entre ellos se encontraba el obispo auxiliar de La Habana, monseñor Eduardo Boza Masvidal.

Todos fueron obligados a embarcar en el buque español Covadonga, que partió rumbo al exilio.

La medida, sumada a otras salidas forzadas o voluntarias, redujo drásticamente el clero cubano. De unos 800 sacerdotes existentes antes del conflicto, la cifra cayó a poco más de 200, dejando numerosas parroquias sin atención pastoral.

La estrategia del Vaticano

Durante aquellos meses críticos, el papa Juan XXIII enfrentó una compleja situación diplomática.

La Santa Sede optó por mantener abiertas las relaciones con Cuba para evitar un aislamiento total de los católicos que permanecían en la isla.

Aunque el régimen expulsó a numerosos sacerdotes, el Vaticano no retiró oficialmente a su representante diplomático en La Habana, preservando así un canal mínimo de diálogo.

Ese mismo año, la encíclica Mater et Magistra advirtió sobre los peligros de las ideologías marxistas y la supresión de libertades fundamentales, aunque sin provocar una ruptura formal con el gobierno cubano.

Los años de persecución y las UMAP

Para los religiosos que permanecieron en Cuba, la situación cambió radicalmente.

Privados de escuelas, medios de comunicación y propiedades, muchos sacerdotes quedaron limitados a ejercer actividades estrictamente dentro de los templos.

A mediados de la década de 1960 surgieron las denominadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), campos de trabajo agrícola donde fueron enviados disidentes políticos, homosexuales y líderes religiosos.

Entre quienes pasaron por estos centros se encontraba el entonces joven sacerdote Jaime Ortega, quien décadas después sería nombrado cardenal de La Habana.

Los fusilamientos y la resistencia de los creyentes

La consolidación del nuevo régimen estuvo acompañada por numerosos procesos represivos y fusilamientos durante los primeros años de la revolución.

Aunque ningún obispo fue ejecutado, diversos laicos católicos, jóvenes vinculados a Acción Católica y opositores al régimen fueron condenados tras juicios sumarios.

Uno de los símbolos más recordados de aquella etapa fue el grito pronunciado por numerosos condenados antes de enfrentar el pelotón de fusilamiento en la fortaleza de La Cabaña:

“¡Viva Cristo Rey!”

Entre las víctimas también figuró el comandante Humberto Sorí Marín, antiguo colaborador de la revolución que posteriormente se opuso al rumbo comunista adoptado por el gobierno.

El cambio de escenario con Juan Pablo II

Tras décadas de tensiones, el panorama comenzó a modificarse significativamente en 1998.

La visita de Juan Pablo II a Cuba representó un momento histórico en la relación entre la Iglesia y el Estado.

Recibido por Fidel Castro en La Habana, el pontífice lanzó un mensaje que tuvo repercusión mundial:

“Que Cuba se abra con todas sus magníficas posibilidades al mundo y que el mundo se abra a Cuba”.

Luego de aquella visita, el gobierno permitió celebraciones masivas al aire libre, restableció la Navidad como feriado oficial, autorizó la llegada de nuevos sacerdotes extranjeros y liberó a cerca de 200 presos políticos.

Para muchos observadores, ese viaje marcó el inicio de una nueva etapa para una Iglesia que había sobrevivido décadas de restricciones.

Una fe que permaneció

A pesar de las confiscaciones, expulsiones y persecuciones, la fe continuó presente en numerosos hogares cubanos.

Historias transmitidas de generación en generación recuerdan familias que seguían rezando frente a la marca que había dejado en la pared un crucifijo retirado por las autoridades.

Más allá de los cambios políticos, muchos creyentes consideran que aquella herencia espiritual logró sobrevivir a uno de los períodos más difíciles de la historia moderna de Cuba.