Cada año, cuando llega octubre, las calabazas, los disfraces y los dulces comienzan a aparecer en las vidrieras, las escuelas y las redes sociales. Halloween se volvió parte de nuestra cultura, pero ¿alguna vez nos detuvimos a conocer su historia?
Sus raíces se relacionan con el antiguo festival celta de Samhain, vinculado al fin de la cosecha y a creencias sobre los muertos y el mundo espiritual. Con el paso del tiempo, esta tradición se mezcló con celebraciones cristianas de Todos los Santos. Más adelante, los inmigrantes irlandeses llevaron sus costumbres a Estados Unidos, donde Halloween tomó la forma que conocemos hoy. Su expansión hacia América Latina fue impulsada, en gran medida, por el cine, la televisión, la publicidad y las tendencias de consumo.
Pero la pregunta no es solamente de dónde viene Halloween, sino qué sucede cuando adoptamos una costumbre sin conocer su significado.
Hoy, muchas personas lo viven como un juego infantil, una fiesta de disfraces o una oportunidad comercial. Sin embargo, también se extendio una cultura que convierte el miedo, la muerte y lo oscuro en entretenimiento. Esto nos invita a reflexionar sobre los mensajes que transmitimos a nuestros hijos, los valores que normalizamos y las tradiciones que incorporamos a nuestra sociedad.
Como cristianos, y especialmente quienes tenemos una responsabilidad pública, no estamos llamados a condenar a las personas, sino a discernir con sabiduría, enseñar con amor y actuar con coherencia. La cultura no es algo que debamos aceptar sin pensar: también podemos contribuir a transformarla.
La pregunta que vale la pena hacernos no es si debemos discutir sobre Halloween, sino qué valores queremos dejarles a las próximas generaciones. Porque cada tradición que promovemos, cada mensaje que compartimos y cada ejemplo que damos también ayudan a construir la sociedad del mañana.

Periodista, locutora nacional y conductora de radio y TV.
Especializada en comunicación con propósito y coaching motivacional
