Cristianos en Política

Amar a Dios con la mente, también es un mandato del cual Jesús fue el primer ejemplo

¿Es importante saber si Jesús fue letrado o iletrado, alguien con instrucción o sin ella? ¿Es relevante hoy conocer si fue meramente un campesino astuto con talento para la improvisación o un perspicaz teólogo y retórico? ¿Tiene importancia su intelectualidad para la iglesia de hoy? 

Sostengo que la respuesta a cada una de estas preguntas es un enfático: «¡Sí!». Este artículo esboza el debate sobre el entendimiento de Jesús y delinea su orientación epistémica durante su vida terrenal. Asimismo, describe un modelo de amor a Dios con la mente entre los seguidores de Jesús..

El Gran Debate 

Desde el principio, el conocimiento de Jesús ha sido un punto de controversia. Las dudas sobre su agudeza intelectual surgieron cuando predicó por primera vez en su ciudad natal, Nazaret. Los oyentes se preguntaban en voz alta: «¿De dónde tiene este estas cosas? ¿Y qué sabiduría es esta que le es dada?» (Mc 6:2). Rápidamente, determinaron que su trasfondo educativo era insuficiente y concluyeron: «¿No es este el carpintero? […] Y se escandalizaban de él» (v. 3). Juan registra una interpelación escéptica similar: «¿Cómo sabe estas letras sin haber estudiado?» (7:15).

 La controversia no terminó con la muerte y resurrección de Jesús. En Hechos 4, cuando los apóstoles daban testimonio del Señor en la plaza pública, la élite teológica se indignó. Los castigaron por su supuesta ignorancia, especialmente, por su bajo estatus social. Sus interlocutores inquirieron: «¿Con qué potestad, o en qué nombre, habéis hecho vosotros esto?» (v. 7). Luego, con desdén, descartaron a los heraldos como personas «del vulgo» y «sin letras» (v. 13).

A medida que la iglesia ganaba conversos entre las clases altas y los sectores instruidos del mundo no judío, la acusación de ignorancia y anti-intelectualismo volvió a escucharse. El filósofo pagano Celso produjo una influyente crítica contra los cristianos, tildándolos de necios e indignos de consideración. John Avery Dulles describió la crítica de Celso de la siguiente manera:

“Los cristianos, argumenta él, exigen una fe que no se base en el examen, y esto solo puede ser un compromiso irracional. Además, evitan el debate abierto con los eruditos. Operan como una sociedad secreta y, despreciando la sabiduría, seducen a los ignorantes y a los crédulos. La Biblia está llena de leyendas infantiles y se encuentra muy por debajo de los más finos logros de la historia clásica.”

En nuestros días, asimismo, Jesús aparece a menudo como un «aspirante a intelectual» entre los académicos críticos. El autor Chris Keith, quien sostiene que Jesús no tenía educación formal pero que era capaz de hacer que otros le creyeran, observa con franqueza:

«En cuanto al tema, y para ser tajante, muchos académicos consideraron (y aún consideran) que la cuestión de la alfabetización y educación de Jesús es un tema de burla».

En efecto, la imagen de Jesús como un pensador brillante y un modelo intelectual representa un enigma mayúsculo tanto en el pasado como en el presente. Incluso, entre los académicos cristianos, un Jesús analfabeto suele ser la imagen por defecto, tal como confesó Kenneth Bailey, un estudioso del Nuevo Testamento:

«Descubrí que me habían entrenado inconscientemente para admirar todo acerca de Jesús, excepto su astucia intelectual».

Claramente, el descuido de la «astucia intelectual» de Jesús impacta en la iglesia. No se lo suele ver como un pensador excepcional o un ejemplar intelectual en los Evangelios. Por lo tanto, no solemos «conectar los puntos» entre el perfil mental de Jesús en la tierra y nuestra obligación de amar a Dios con la mente (Mc 12:30), de la cual Él es el paradigma.

Dos reconocidos pensadores cristianos explican que minimizar la intelectualidad bíblica, especialmente la perspectiva mental de Jesús impacta a los seguidores de Cristo.

Paul Gould, filósofo, escribe: 

Si bien son expertos dentro de sus campos particulares de estudio, los profesores cristianos poseen a menudo una educación de nivel de «escuela dominical» en lo que respecta a asuntos teológicos y filosóficos… y el resultado es un intento fragmentario de integrar la fe propia con el trabajo académico, y una incapacidad para encajar las piezas de la propia vida dentro de la gran historia de Dios.

 John Frame, teólogo, afirma que los cristianos tienen una «mayordomía de la mente y del intelecto» dada por Dios, y añade: 

Es notable que los cristianos identifiquen tan prontamente el señorío de Cristo en asuntos de adoración, salvación y ética, pero no en el pensamiento. Pero… Dios en la Escritura exige una y otra vez obediencia de su pueblo en cuestiones de sabiduría, pensamiento, conocimiento, entendimiento, y así sucesivamente.

 En tal sentido, asociar la postura mental de Jesús como ser humano con el mandato de amar a Dios con la mente es sumamente importante y muy relevante. Como seguidores suyos, Él nos comisiona a imitar su vida de pensamiento —el qué, el porqué y el cómo— a pesar de nuestra finitud y caída. Y debemos entrenar a los discípulos para que hagan lo mismo (Mt 28:19). 

 El perfil intelectual de Jesús 

A continuación, presento brevemente nueve temas relativos al perfil epistémico de Jesús en los Evangelios, en consonancia con el Shemá (Dt 6:4–5) y el mandato de amar a Dios con nuestra mente (Mc 12:28–31). 

Primero, Jesús demostró la importancia suprema de escuchar y aprender de Dios. Él dijo: «No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (Jn 5:30). Confesó: «De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre» (Jn 5:19). Por esta razón, Jesús a menudo se retiraba «aparte» (Mt 14:23) a lugares «desiertos» (Mc 1:35) para orar, usualmente, de noche. En momentos de decisión o en puntos cruciales de su ministerio, buscaba el consejo y el consuelo de su Padre: antes de llamar a los apóstoles (Mc 3:13), cuando sus compatriotas buscaban hacerlo rey (Jn 6:15), después de tiempos de ministerio intenso (Mc 6:44–46), mientras la gente especulaba sobre su identidad (Lc 9:18), cuando Dios habló de Él en afirmación (Mt 17:1–5), y en su momento de gran angustia (Lc 22:41–43). Las oraciones de Jesús también demostraron su enfoque teocéntrico: al enseñar sobre la oración (Mt 6:9–10), al orar por sus seguidores (Jn 17) y al dar gracias (Lc 22:17; Jn 11:41b–42). 

Segundo, Jesús reconoció la primacía intelectual de la Escritura. Cuando fue tentado por el diablo, citó pasajes de Deuteronomio (Lc 4:1–13). Cuando estaba muriendo en la cruz, hizo referencia a los Salmos (Mt 27:46). Continuamente aludía al Antiguo Testamento y razonaba a partir de sus preceptos (Mt 12:3; Lc 4:21). Dicho de otro modo, Jesús presupuso la cosmovisión bíblica. Todo lo que pensó, habló, deseó y realizó estaba condicionado por la ley de Dios, la Torá y la sabiduría. Por esta razón, poseía tanto una alfabetización como una fluidez bíblica, las cuales adquirió de su crianza judía, la sinagoga y su cultura. 

Tercero, Jesús modeló el temor de Dios tanto intelectual como éticamente. Él abrazó Proverbios 1:7: «El principio de la sabiduría es el temor de Jehová». Encarnó Proverbios 3:5– 7: «Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas. No seas sabio en tu propia opinión; teme a Jehová, y apártate del mal». De esta manera, Jesús replicó la sabiduría de los hijos de Isacar, «expertos en el conocimiento de los tiempos, que sabían lo que Israel debía hacer» (1 Cr 12:32). En efecto, Jesús era plenamente sabio y encarnó la sabiduría del Antiguo Testamento. Él sabía qué era lo verdaderamente importante y qué hacer al respecto de la manera más fructífera. No podía ser distraído ni manipulado por la necedad. No podía ser disuadido de la misión de su Padre para perseguir una «misión insensata»; por ejemplo, cuando las multitudes buscaron «hacerle rey» y, de ese modo, reencuadrar su llamado. Incluso de niño, Jesús estaba «lleno de sabiduría» (Lc 2:40) y «crecía en sabiduría» a medida que maduraba (2:52). A los doce años, los eruditos del Templo estaban «atónitos de su inteligencia» (2:47), al igual que muchos en las multitudes que oían su enseñanza (Mt 13:54). 

Cuarto, Jesús poseía un conocimiento supremo, a diferencia de sus pares de la misma clase social. La evidencia indica que hablaba arameo y hebreo. Asimismo, se comunicaba en griego y hablaba, al menos, algo de latín.9 Podía leer y escribir, tal como podía hacerlo la mayoría de los escribas bien entrenados. 10 Entendía las particularidades étnicas y religiosas de Palestina. Poseía un conocimiento exhaustivo de la historia y las Escrituras judías, así como familiaridad con los conceptos del período del Segundo Templo. Manifestó una aguda conciencia espiritual y un astuto razonamiento teológico.

 Quinto, Jesús sabía cómo comunicarse con cualquier persona con la que interactuara. Entendía cómo mantener cada intercambio enfocado en el punto central, cómo refutar y criticar razonamientos falsos, y cómo guiar a cada buscador hacia la verdad. Fue también un maestro y comunicador extraordinariamente dotado. Los oyentes, a menudo, quedaban asombrados. Los Evangelios revelan que la élite teológica desistió en sus intentos de atraparlo intelectualmente (Mc 12:34; Lc 20:40).

Sexto, Jesús comprendía profundamente la depravación humana y el impacto intelectual del pecado, tanto a nivel individual como corporativo (Mc 7:20–22; Jn 2:25). Discernió nuestro razonamiento torcido y nuestra mentalidad necia. Entendió que el pecado y lo sobrenatural impactan qué pensamos y cómo lo hacemos (Jn 13:2). Reconoció la agenda antitética del diablo y su dominio. Percibió la naturaleza distorsionada de la ideología pecaminosa, el pensamiento de grupo y las instituciones opresivas (Mt 11:8; 20:25; Lc 13:31–32). Se dio cuenta de que aquello que escuchamos, y a quién escuchamos, informa nuestro pensamiento, para bien o para mal. 

Séptimo, el conocimiento de Jesús estaba condicionado escatológicamente. Él definió su existencia terrenal en términos del plan redentor de Dios: desde la creación, pasando por Israel y la iglesia, hasta la restauración. Sabía exactamente de dónde venía, su contexto histórico en la Palestina del siglo I (con su complejidad social, espiritual y política) y hacia dónde (o hacia quién) regresaría. Su pensamiento estaba alineado con el «siglo venidero» (Mc 10:30) y no con «esta generación mala» (Mt 12:45) o el «presente siglo malo» (Gál 1:4), como lo describió Pablo. 

Octavo, la intelectualidad de Jesús estaba situada tanto por su naturaleza divina como por la encarnación, pues el «Verbo» divino «fue hecho carne» (Jn 1:14). Jesús expresó ideas proporcionales a la omnisciencia (Jn 8:58). Poseía facultades mentales dotadas escatológicamente por el Espíritu Santo en cumplimiento de la profecía de Simeón (Lc 2:34– 35). Por esta razón, el Concilio de Calcedonia (451 d.C.) enseñó que Él era «plenamente Dios».15 No obstante, el antiguo credo también explicaba que era «plenamente hombre». Su perfil epistémico manifestó aspectos tanto divinos como humanos (aunque sin pecado).

Mike Riccardi comenta: 

“Por lo tanto, cuando la Escritura afirma realidades aparentemente contradictorias concernientes al Cristo encarnado —que es Dios eterno, pero nacido en el tiempo; Creador, pero poseedor de un cuerpo creado; sustentador del universo mientras es sustentado por María; Dios omnisciente, pero ignorante y creciente en sabiduría; Señor omnipotente, pero exhausto y durmiente—no está afirmando otra cosa que la unión hipostática: que Cristo es una persona que subsiste en dos naturalezas distintas pero inseparables. Él es eterno, omnisciente, omnipotente, Creador y Sustentador según su deidad; y, sin embargo, es temporal, ignorante, débil, creado y sustentado según su humanidad.”

Y noveno, debido a su humanidad, Jesús se convirtió en nuestro ejemplo en todas las cosas (Fil. 2:5; Heb. 4:15).
Bruce A. Ware se pregunta: «¿Qué dimensiones de la vida, el ministerio, la misión y la obra de Jesucristo pueden explicarse plenamente y entenderse correctamente solo cuando se ven a través del lente de su humanidad?».

Jesús modeló la mentalidad que Dios esperaba de Adán y de Israel. Él «cumplió» la Ley al obedecer el Shemá (Dt 6:4–5) y el Gran Mandamiento (Mt 12:29–31), incluyendo el mandato de amar a Dios «con toda la mente». Jesús asumió «forma de siervo, hecho semejante a los hombres» y «se humilló a sí mismo, haciéndose obediente» (Filipenses 2:7–8). Aprendió cómo debe hacerlo un hebreo devoto: de su familia, de las Escrituras, de la sinagoga y del Templo. Por lo tanto, Jesús modeló para nosotros la piedad intelectual y mostró qué, por qué y cómo pensar como criaturas hechas a imagen de Dios. En efecto, Jesús nos dijo: «¡Síganme! Sean mayordomos de sus mentes de maneras que honren a Dios y bendigan a los demás». 

En resumen, el hombre Jesús fue brillante, un erudito, un verdadero sabio y, podríamos decir incluso, un académico. Jesús amó a Dios con toda su mente, a pesar del contexto caótico, confuso y demoníaco en el cual ministró. Manifestó un pensamiento recto, una motivación piadosa, una aplicación sabia y un amor verdadero por los demás, de acuerdo con el Shemá y el Gran Mandamiento. Exhibió una piedad mental y una sagacidad sagrada en nuestro mundo torcido y deconstructivo (Mat 10:16). La implicancia obvia es que nosotros deberíamos hacer lo mismo; es decir, practicar la espiritualidad del Shemá y, de esta manera, aprender a amar a Dios con toda nuestra mente.

 María de Betania 

Consideremos ahora un ejemplo de espiritualidad holística entre los discípulos de Jesús; en particular, un ejemplo de piedad intelectual: María de Betania, la hermana de Marta y Lázaro. Su devoción se menciona cinco veces en los Evangelios, lo cual es significativo. La mayoría de los académicos coinciden en que cada episodio se refiere a la misma persona, aunque existen algunas variaciones en el texto. Observemos algunos juntos. Así describe Juan el conmovedor encuentro de María con Jesús: 

Seis días antes de la pascua, vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, el que había estado muerto, y a quien había resucitado de los muertos. Y le hicieron allí una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa con él. Entonces, María tomó una libra de perfume de nardo puro de mucho precio y ungió los pies de Jesús y los enjugó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume. Y dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote […] no porque se cuidase de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella. Entonces Jesús dijo: Déjala; para el día de mi sepultura ha guardado esto (12:1-7). 

 Mateo y Marcos añaden el comentario de Jesús: «De cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que esta ha hecho, para memoria de ella» (Mt 26:13; Mc 14:9). 

A menudo, me pregunto por qué ella hizo un sacrificio económico tan grande. ¿Qué sabía ella sobre Jesús que los demás pasaron por alto? ¿Y cómo lo supo? ¿Por qué dijo Jesús: «dondequiera que se predique el evangelio en todo el mundo, se contará lo que ella ha hecho para memoria de ella»? Aquí estamos hoy, pensando en ella 2.000 años después. ¿Por qué? 

Creo que las respuestas se encuentran en Lucas 10:38–42: 

Aconteció que, yendo de camino, entró en una aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra. Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres, y acercándose, dijo: Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude. Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero solo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada. 

Ofrezco estas observaciones. 

Primero, Marta estaba «distraída». ¿No es ese el caso de muchos de nosotros? A menudo, nos desviamos por la vida: nuestras carreras, investigaciones, proyectos, estatus, bienestar económico, reputación e incluso, a veces, por la trivialidad. 

Segundo, María «se sentó a los pies del Señor», que es la postura de un discípulo en la antigüedad. Ella «oía su palabra», pues era una estudiante ávida de Jesús. Para ella, Él era supremamente interesante, y ella era curiosa. Qué diferentes somos a menudo nosotros, a veces, aburridos de la Biblia. Frecuentemente fallamos en discernir su belleza, relevancia o brillantez, como lo hizo María al escuchar a Jesús. 

Tercero, María reconoció su sabiduría y entendimiento. Ella percibió algo esencial sobre el Señor. María entendió quién era Él, el Mesías, y que moriría por nuestro pecado. 

Cuarto, María fue una verdadera discípula. La enseñanza y el ejemplo de Jesús transformaron su mente, purificaron sus deseos e inspiraron adoración, lo cual constituye una espiritualidad holística inspirada en el Shemá. Por esta razón, María escogió «la buena parte». Sus esperanzas e inquietudes más profundas estaban alineadas con la agenda del Señor. 

Quinto, ella hizo la «sola cosa necesaria», que es escuchar al Señor, aprender de Él y aprender a amar a Dios con la mente. En efecto, Jesús practicó la «sola cosa necesaria» y escuchó al Padre. Ella también escuchó: a su Hijo, Jesús. 

María demostró su verdadero entendimiento y sus prioridades reales con un sacrificio extraordinario. Su mente (conocimiento, curiosidad, aprendizaje, imaginación), su alma (sus motivos más profundos, deseos verdaderos y aspiraciones) y su fuerza (cada una de sus capacidades y bienes); todo su ser estaba dedicado a conocer a Dios y a servir a los demás. María mostró que una mente informada por la revelación (que aprende la Palabra divina) genera una motivación piadosa (el temor de Dios) y fomenta una mayordomía que demuestra amor en acción. La mente, el deseo y la capacidad deben estar dedicados al Señor. Dicho de otra manera, la espiritualidad holística se refiere a una piedad integrada de la cabeza, el corazón y las manos. Jesús modeló este Gran Mandamiento y María imitó su ejemplo. Y por esto, ella nunca es olvidada. Ciertamente, nosotros deberíamos seguir su ejemplo. 

La «sola cosa necesaria» comienza con la mente, pero se expresa en quiénes somos y en lo que hacemos y decimos para el Señor y para los demás. Para expresarlo de otra forma, cultivar mentes que aman al Señor es un aspecto integral de la espiritualidad bíblica. Los discípulos de Jesucristo no tienen justificación alguna para la ignorancia bíblico-teológica deliberada o el anti-intelectualismo. 

Conclusión 

Este artículo sugiere que los cristianos deben celebrar la «agudeza intelectual» de Jesús en los Evangelios y aprender a pensar como él. Él es nuestro paradigma epistémico. Debemos obedecer el mandamiento de amar a Dios con la mente, como él lo hizo. Por esta razón, la alfabetización bíblica, el razonamiento de la cosmovisión y la virtud intelectual son esenciales para los seguidores de Jesucristo. María de Betania imitó el ejemplo de Jesús. Ella reconoció la «única cosa necesaria»: escuchar al Señor. Ella modeló la piedad intelectual como un aspecto crítico de la espiritualidad cristiana. Ella demostró un discipulado inspirado en el Shemá para creyentes cotidianos como nosotros. Por esta razón, también debemos abrazar la «buena parte», como ella lo hizo. 

Para plantear el asunto negativamente, los seguidores de Jesucristo necesitan más que una mera «educación a nivel de escuela dominical». Necesitamos reconocer que Dios exige «obediencia de su pueblo en asuntos de sabiduría, pensamiento y conocimiento». Los discípulos cristianos no tienen excusa para la ignorancia bíblico-teológica voluntaria o el anti-intelectualismo

Por: Richard Smith.
Director del Centro de formación teológico Kuyper