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La muerte y Resurrección de Jesús ¿Mito o realidad?

En estas Pascuas se celebra la muerte y resurrección de Jesús, un hecho de profunda importancia para millones de personas en todo el mundo. Sin embargo, hay quienes consideran que este acontecimiento es un mito o una invención, ya sea por la necesidad humana de creer en algo o como una construcción destinada a ejercer control sobre otros.

Frente a estas posturas, resulta necesario analizar la cuestión de manera rigurosa. Para ello, abordaremos los escritos del Nuevo Testamento, centrándonos principalmente en los Evangelios.

¿Son confiables los Evangelios? Un análisis histórico

Al estudiar la figura de Jesús, es importante reconocer que los Evangelios también pueden ser considerados documentos históricos. Como tales, es posible evaluarlos mediante criterios aplicables a cualquier texto antiguo para determinar su grado de confiabilidad.

En este sentido, analizaremos tres aspectos principales:
a) Los autores: ¿fueron testigos oculares?
b) La datación: ¿son escritos tardíos?
c) La arqueología: ¿confirma o contradice su contenido?

Además, se tendrán en cuenta las cartas del apóstol Pablo como evidencia temprana. Este punto es fundamental, ya que, si los Evangelios resultan confiables, su testimonio sobre la muerte y resurrección de Cristo adquiere un peso histórico considerable.

Los autores: ¿testigos oculares de los hechos?

¿Cómo sabemos que los Evangelios fueron escritos por Mateo, Marcos, Lucas y Juan?

La Iglesia primitiva no parece haber tenido dudas al respecto. Por ejemplo, Papías de Hierápolis, hacia el año 125 d.C., afirmó que Marcos registró cuidadosamente lo que el apóstol Pedro le transmitió, y que Mateo recopiló enseñanzas de Jesús.

Más adelante, alrededor del año 180 d.C., Ireneo de Lyon, en su obra Contra los Herejes, sostuvo que Mateo escribió su Evangelio en su propio idioma; que Marcos fue discípulo e intérprete de Pedro; que Lucas, seguidor de Pablo, dejó por escrito su predicación; y que Juan redactó su Evangelio en Éfeso.

Algunos podrían pensar que estos nombres fueron asignados posteriormente por conveniencia. Sin embargo, existen razones para cuestionar esa idea. Mateo era recaudador de impuestos, un grupo social mal visto por sus contemporáneos, mientras que Marcos y Lucas no fueron discípulos directos de Jesús. En ese sentido, resulta poco probable que se hayan elegido estos nombres si el objetivo hubiera sido otorgar mayor autoridad al texto.

Por lo tanto, contamos con testimonios que apuntan a la participación de testigos oculares: Mateo y Juan, además del testimonio de Pedro a través de Marcos. Lucas, aunque no fue testigo directo, fue compañero del apóstol Pablo, quien afirmó haber visto a Jesús resucitado y haber tenido contacto con otros testigos.

La datación: ¿fueron escritos tardíos?

En general, cuanto más cercano es un documento a los hechos que describe, mayor es su confiabilidad.

Siguiendo al historiador Gary Habermas, los Evangelios habrían sido escritos aproximadamente en las siguientes fechas:

  • Marcos: alrededor del año 70 d.C.
  • Mateo: hacia el año 80 d.C.
  • Lucas: cerca del año 85 d.C.
  • Juan: alrededor del año 95 d.C.

Algunos críticos consideran estas fechas tardías. Sin embargo, en términos históricos, no lo son necesariamente. Por ejemplo, Alejandro Magno murió en el año 323 a.C., y gran parte de lo que se conoce sobre él proviene de historiadores como Arriano de Nicomedia y Plutarco, quienes escribieron siglos después de los hechos.

En comparación, los Evangelios fueron redactados dentro del período en el que aún vivían posibles testigos oculares, lo que habría permitido corregir errores en caso de haberlos.

Las cartas de Pablo: evidencia aún más temprana

Las cartas de Pablo de Tarso son anteriores a los Evangelios y constituyen un testimonio de gran relevancia.

Por ejemplo:

  • Romanos (c. 57 d.C.)
  • 1 Corintios (c. 55 d.C.)
  • 2 Corintios (c. 55–56 d.C.)

En estas cartas aparecen credos —enseñanzas transmitidas oralmente— que Pablo afirma haber recibido. En 1 Corintios 15:3 señala: “Porque yo les entregué en primer lugar lo mismo que recibí: que Cristo murió por nuestros pecados…”. Esto indica que Pablo transmitía una tradición previa, vinculada a testigos cercanos a los hechos.

La arqueología y las fuentes externas

La arqueología ha confirmado diversos elementos mencionados en el Nuevo Testamento, como:

  • El estanque de Betesda
  • El pozo de Jacob
  • La existencia de Poncio Pilato, corroborada por una inscripción
  • Restos del Pórtico de Salomón
  • La existencia del poblado de Nazaret

Además, historiadores no cristianos, como Flavio Josefo, mencionan a Jesús, a Juan el Bautista, a Santiago y a Herodes el Grande, aportando referencias externas al relato bíblico.

Conclusión

Si los autores del Nuevo Testamento fueron precisos al describir personas, lugares y contextos históricos, surge una pregunta clave: ¿sobre qué base lógica podríamos afirmar que fueron imprecisos en lo que consideraban el hecho más importante, es decir, la muerte y resurrección de Cristo?

Contamos con relatos, testigos y documentos tempranos. Por ello, estos acontecimientos pueden considerarse, al menos, históricamente probables.

Por Israel Pereyra.