Cada 24 de marzo, Argentina hace una pausa. No es un día más. Es una herida que recuerda, una historia que no se puede negar y un compromiso que no se puede soltar.
En 1976 comenzó una de las etapas más oscuras de nuestro país. El golpe de Estado dio inicio a un tiempo de silencio impuesto, de miedo, de ausencias que aún hoy duelen. Miles de personas fueron desaparecidas, familias quedaron marcadas para siempre, y una nación entera aprendió lo que significa perder la libertad.
Hablar de Memoria, Verdad y Justicia no es mirar hacia atrás por nostalgia. Es mirar con responsabilidad. Es elegir no olvidar, porque el olvido es el terreno donde los errores vuelven a crecer.
Desde una mirada cristiana, la memoria no es solo un acto histórico: es un acto espiritual. La Biblia nos enseña una y otra vez a recordar. Recordar de dónde venimos, lo que vivimos, lo que Dios hizo… y también lo que no debe repetirse. Porque cuando el pueblo olvida, se pierde. Pero cuando recuerda, puede sanar.
La verdad, aunque duela, siempre libera. No es cómoda, no es liviana, pero es necesaria. Como dice Juan 8:32: “Y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.” Y esa libertad no es solo individual, también es colectiva. Es la base para reconstruir vínculos, para restaurar confianza, para caminar como sociedad.
Y la justicia… la justicia no es venganza. Es dignidad. Es reconocer el valor de cada vida. Es poner nombre a lo que pasó. Es honrar a quienes ya no están y abrazar a quienes siguen buscando respuestas.
Hoy, más que nunca, necesitamos una memoria que no divida, sino que enseñe. Una verdad que no se use como arma, sino como puente. Y una justicia que no sea selectiva, sino profundamente humana.
Como cristianos, estamos llamados a ser luz en medio de la oscuridad, a acompañar el dolor con amor, a levantar la voz con respeto y a construir paz sin negar la historia.
Porque sanar como país no es borrar el pasado… es mirarlo con valentía, aprender de él y elegir un futuro distinto.
Que este 24 de marzo no sea solo una fecha en el calendario, sino una oportunidad para comprometernos con una Argentina más justa, más consciente y más humana.
Por Maby Pastrana
