La muerte de Carlos Menem no solo reabrió debates políticos: también volvió a poner sobre la mesa una parte de su historia que durante años fue silenciada, simplificada o directamente evitada. Porque Menem no fue solo el presidente de los años noventa. Fue, también, el primer presidente argentino de origen musulmán. Y eso, en la Argentina, nunca fue un dato menor.
Su figura sigue generando conversación porque obliga a mirar más allá del relato cómodo. Para algunos, fue el hombre que “modernizó” el país; para otros, el símbolo de una etapa marcada por profundas contradicciones. Pero hay algo en lo que todos coinciden: Menem marcó una época y dejó huellas que todavía incomodan.
Un origen que no encajaba del todo
Carlos Saúl Menem nació en Anillaco, La Rioja, en el seno de una familia de origen sirio. Sus padres, Saúl Menem y Mohibe Akil, eran musulmanes sunnitas, parte de esa inmigración árabe que llegó a la Argentina a fines del siglo XIX y principios del XX. Sirios y libaneses (musulmanes, cristianos y judíos) se asentaron en el interior del país, trabajaron, prosperaron y ayudaron a construir comunidades que hoy forman parte de nuestra identidad nacional.
Sin embargo, durante décadas fueron vistos como “extranjeros eternos”. El famoso “turco”, una etiqueta cargada de desprecio e ignorancia, fue una marca difícil de borrar. Menem creció en ese cruce entre pertenecer y no pertenecer del todo.

La conversión y el poder
Para poder ser presidente, Menem tuvo que hacer algo más que ganar elecciones. Hasta la reforma constitucional de 1994, la Constitución argentina exigía profesar la religión católica para ejercer la presidencia. Así, en 1966, Menem se convirtió formalmente al catolicismo.
¿Convicción espiritual o decisión política? Probablemente ambas cosas. Lo cierto es que su conversión fue una condición necesaria para acceder al poder y ser aceptado por las élites porteñas. Como antes lo había hecho Sarmiento (también de linaje árabe), Menem exageró su “occidentalización” para encajar en una Argentina que miraba a Europa y desconfiaba de todo lo que sonara oriental.

La reforma constitucional: un cambio histórico
Ya en el poder, Menem impulsó la reforma constitucional de 1994. Entre muchos cambios, hubo uno silencioso pero clave: se eliminó el requisito religioso para ser presidente. Desde entonces, cualquier ciudadano argentino, sin importar su fe, puede ocupar el máximo cargo del país.
Paradójicamente, fue un presidente de origen musulmán (aunque convertido al catolicismo) quien impulsó la eliminación del requisito religioso para ejercer la presidencia. Ese cambio, que convirtió definitivamente al cargo en laico, abrió la puerta a una Argentina institucionalmente más plural, pero también a una nueva etapa donde distintas creencias comenzaron a ganar espacio en la vida política.
Desde una mirada, se trató de un avance en términos de igualdad y derechos.
Desde otra, significó el quiebre de un anclaje histórico entre el Estado y la tradición cristiano-católica, con consecuencias que todavía generan debate.

La mezquita y un gesto político-religioso
Durante su presidencia se impulsó la construcción del Centro Cultural Islámico Rey Fahd y la Gran Mezquita de Palermo, inaugurada en el año 2000. Fue financiada por Arabia Saudita y se convirtió en la mezquita más grande de América Latina.
Para algunos, fue un gesto de integración y reconocimiento hacia la comunidad musulmana. Para otros, una movida diplomática y geopolítica. En cualquier caso, marcó un hecho inédito: el Islam tuvo, por primera vez, una visibilidad institucional fuerte en la Argentina contemporánea.

Un poder atravesado por la cultura
Menem gobernó con un estilo personalísimo. Su forma de ejercer el poder tuvo rasgos que muchos asociaron a un liderazgo casi califal: la centralidad del líder, la lógica de lealtades y traiciones, el simbolismo, el fatalismo. Incluso su relación con Zulema Yoma (a quien repudió públicamente y expulsó de la residencia presidencial) fue leída por algunos desde claves culturales más que políticas.
Nada de esto lo explica todo, pero ayuda a entender la complejidad del personaje.

Más allá del mito
Menem sigue generando debate porque obliga a salir del blanco y negro. Fue indultador y punitivista. Popular y elitista. Federal de origen y porteño por conveniencia. Tolerante en el trato, pragmático en las decisiones.
Comprender su relación con el Islam, su conversión, la reforma constitucional y los gestos hacia la comunidad musulmana no es reivindicarlo ni condenarlo. Es, simplemente, animarse a mirar la historia completa.
Porque cuando se trata de Menem (como de la Argentina) la realidad siempre es más profunda, más incómoda y más humana de lo que parece.
Por Maby Pastrana
