La consigna “Ni Una Menos” nació como un grito colectivo frente a la violencia que sufren miles de mujeres. Su reclamo original continúa siendo tan válido hoy como en sus comienzos: exigir que ninguna mujer sea víctima de violencia, abuso o femicidio.
El movimiento surgió en 2015 tras el asesinato de Chiara Páez, una adolescente de 14 años embarazada que fue asesinada por su novio, Manuel Mansilla, en la localidad santafesina de Rufino. La investigación judicial determinó que el joven la presionaba para que abortara y que la familia de él no quería que continuara con el embarazo. Chiara se negó. La sentencia fue contundente al señalar que Mansilla la asesinó conociendo su estado de embarazo. Su muerte conmocionó profundamente a la sociedad argentina y se convirtió en el hecho que impulsó una movilización histórica bajo una consigna que aún resuena: Ni Una Menos.
Recordar este origen permite volver al corazón del mensaje que dio vida al movimiento: la necesidad de proteger la vida humana frente a cualquier forma de violencia y defender la dignidad de cada persona, especialmente de quienes se encuentran en situación de mayor vulnerabilidad.
La legitimidad de esta causa resulta difícil de cuestionar. La protección de la vida y la integridad de las mujeres constituye una obligación moral y social que debe comprometer a todos los sectores. Sin embargo, con el paso de los años, muchas personas observaron cómo determinadas expresiones del movimiento fueron adquiriendo una fuerte identificación política e ideológica. Cuando esto ocurre, una causa que debería unir a la sociedad corre el riesgo de transformarse en un espacio de confrontación que excluye voces que también desean defender a las mujeres.
En ese contexto, diversas mujeres cristianas y evangélicas encontraron una forma particular de participar. Lo hicieron desde una posición independiente de los partidos políticos y fundamentada en valores de fe. Su presencia en marchas, encuentros y actividades relacionadas con Ni Una Menos buscó expresar solidaridad con las víctimas de violencia y, al mismo tiempo, sostener una visión integral de la defensa de la vida.
Muchas de ellas adoptaron la expresión “Ni Una Menos desde la Concepción”, entendiendo que la protección de la dignidad humana debe abarcar tanto a las mujeres que sufren violencia como a los niños por nacer. Desde esta perspectiva, la defensa de la vida no se fragmenta ni se condiciona por circunstancias particulares, sino que se sostiene como un principio universal.
La historia de Chiara Páez invita también a una reflexión que trasciende las discusiones políticas. Su asesinato no sólo arrebató la vida de una adolescente con sueños y proyectos, sino también la de su hijo por nacer. Por eso, para muchas mujeres cristianas, el origen mismo de Ni Una Menos constituye un llamado a reafirmar una defensa integral de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural.
Esta participación demuestra que existen distintas maneras de acompañar una misma causa. Es posible rechazar la violencia contra las mujeres, reclamar justicia para las víctimas y promover políticas de protección sin necesidad de identificarse con una bandera partidaria.
Quizás uno de los desafíos actuales sea precisamente recuperar aquellos puntos de encuentro que dieron origen al movimiento: la defensa de la vida, la dignidad humana y el compromiso con una sociedad más justa. Allí pueden coincidir personas de distintas creencias, ideologías y trayectorias, unidas por una convicción sencilla pero profunda: que ninguna vida debe perderse por la violencia y que toda vida merece ser cuidada y protegida.
Desde esta mirada, la expresión “Ni Una Menos desde la Concepción” no busca apartarse del reclamo original, sino recordar que toda vida humana posee un valor intrínseco y una dignidad que merece ser respetada. Volver al espíritu fundacional de Ni Una Menos implica recordar a Chiara, recordar por qué fue asesinada y renovar el compromiso de construir una cultura donde ninguna mujer sea violentada y donde ninguna vida sea considerada descartable.
Por: Maby Pastrana