En un escenario de creciente polarización, las formas de hacer política no solo impactan en las instituciones, sino también en cómo la sociedad se vincula y se agrede en el entorno digital.
La violencia digital en Argentina ya no puede pensarse como un fenómeno aislado o propio de las redes sociales. Por el contrario, se inscribe en un contexto político atravesado por la polarización, donde los discursos de confrontación no quedan limitados al ámbito institucional, sino que se trasladan y amplifican en la vida cotidiana de las personas.
En los últimos años, organismos como el INADI y la Defensoría del Pueblo de la Nación han advertido sobre un aumento en las denuncias por hostigamiento, discriminación y discursos de odio en plataformas digitales. En la misma línea, el Observatorio de la Discriminación en Internet (impulsado junto al ENACOM y la Defensoría del Público) señala que gran parte de estas expresiones se intensifican en contextos políticos de alta tensión, como procesos electorales o crisis sociales.
Según un informe de la consultora Ad Hoc (2025), la violencia política y los insultos han mostrado un crecimiento sostenido del 90 % en Argentina en los últimos años, con un aumento significativo de ataques personales, campañas de hostigamiento y expresiones agresivas, especialmente en debates vinculados a la política.
La propia dinámica de las plataformas contribuye a este escenario.
Investigaciones del CONICET y de universidades nacionales señalan que los algoritmos tienden a priorizar contenidos que generan mayor interacción, lo que favorece la circulación de mensajes extremos o polémicos. En este entorno, el conflicto no solo se expresa: se amplifica, se vuelve visible y, con el tiempo, se naturaliza.

En este sentido, resulta necesario ir más allá de una mirada que reduzca la violencia digital a comportamientos individuales. Si bien no es un fenómeno nuevo en Argentina, en la actualidad adquiere una intensidad particular en un contexto político marcado por la polarización. En este escenario, los estilos discursivos de ciertos referentes, caracterizados por la confrontación, la descalificación y la construcción de un “otro” como adversario, no solo organizan el debate público, sino que también influyen en las formas de interacción social.
Estas lógicas, amplificadas por las redes sociales, tienden a ser replicadas por los usuarios, quienes adoptan modos de expresión cada vez más agresivos. De este modo, la violencia digital no surge de manera aislada, sino que se alimenta de un clima político que, en lugar de desalentar el conflicto, muchas veces lo intensifica y lo legitima
Concientizar sobre la violencia digital implica, entonces, entender que no se trata solo de un problema tecnológico, sino de una construcción social influida por el contexto político. Promover el respeto, la pluralidad y el debate argumentado no es solo una responsabilidad individual, sino también colectiva y política. Porque en la manera en que se discute, tanto en el ámbito público como en las redes sociales, también se define qué tipo de sociedad se está construyendo.
Por: Abril Cesia Rios
