“Yo le decía a Dios: ‘Por favor, hazme un milagro’.”
No fue una frase preparada. No buscaba emocionar a nadie. Era la oración sencilla de un hombre que, durante ocho días, permaneció atrapado bajo toneladas de concreto, sin saber si volvería a ver la luz.
Después de sobrevivir a uno de los rescates más impactantes que dejó la tragedia en Venezuela, Hernán Gil rompió el silencio y compartió cómo vivió esas interminables horas entre la oscuridad, el dolor y la esperanza.
El trabajador de seguridad, de 43 años, quedó atrapado el pasado 24 de junio cuando dos fuertes terremotos sacudieron el país. Un golpe en la cabeza lo dejó inconsciente durante algunos minutos. Al despertar, todo había cambiado.
“Cuando desperté todo estaba oscuro. Estaba sentado debajo de una silla y no me podía mover”, recordó durante una entrevista con la periodista venezolana Shirley Varnagy.
El silencio era absoluto.
Durante los primeros días no escuchó una sola voz. Ningún ruido. Ninguna señal que le hiciera pensar que alguien podía encontrarlo.
Hasta que, al tercer día, escuchó pasos sobre los escombros.
Sin dudarlo, reunió las pocas fuerzas que le quedaban y comenzó a gritar.
“¡Auxilio, auxilio, auxilio!”
Del otro lado, alguien respondió.
“¿Hay alguien con vida?”
Ese instante marcó un antes y un después.
“Sí… auxilio”, respondió Hernán.
“Te estamos buscando”, le contestó uno de los rescatistas.
A veces, una sola frase alcanza para devolverle esperanza a un corazón que está al límite.
A partir de ese momento comenzó un delicado operativo internacional en el que participaron rescatistas de Venezuela, Costa Rica, Chile, Estados Unidos, Portugal, México y El Salvador. Durante días trabajaron sin descanso para abrir un camino seguro hasta donde él permanecía atrapado.
Mientras tanto, lograron hacer llegar agua por un pequeño conducto que le permitió mantenerse con vida.
Pero Hernán asegura que hubo algo más que sostuvo su corazón.
“La fe fue lo que me sostuvo.”
Confiesa que hubo momentos en los que sintió que la desesperación podía vencerlo. Pensaba en su esposa, en sus hijos y en sus padres. Sin embargo, decidió hacer lo único que todavía estaba a su alcance: orar.
“Siempre le pedía a Dios un milagro.”
Y ese milagro llegó.
Cuando finalmente fue rescatado, la primera frase que salió de sus labios resumió lo que acababa de vivir:
“Dios mío… volví a la vida. Volví a nacer.”
Con la emoción todavía intacta, también quiso agradecer a quienes hicieron posible su rescate.
“Sin ellos y, primeramente, Dios, yo no estaría aquí.”
Sus palabras recorrieron el mundo porque nacen desde un lugar donde no existen los discursos ni las apariencias. Solo la gratitud de quien sintió que la vida le fue devuelta.
Pero quizás el mensaje más poderoso fue el que dirigió a las familias que todavía esperan noticias de sus seres queridos.
“Que sigan luchando.”
Tres palabras que hoy también pueden abrazar a quienes atraviesan otros tipos de batallas.
Porque no todos estamos bajo los escombros de un edificio. Muchos cargan silenciosamente con el peso del miedo, la enfermedad, la angustia, la incertidumbre o el dolor.
Y, aun así, la fe sigue siendo ese lugar donde el corazón encuentra fuerzas para esperar un día más.
Como cristianos creemos que los milagros no siempre llegan de la manera que imaginamos, pero Dios nunca deja de estar presente en medio de nuestras noches más oscuras. Él escucha las oraciones pronunciadas en voz alta y también aquellas que nacen en el silencio, cuando ya no quedan fuerzas para hablar.
El testimonio de Hernán no borra el inmenso dolor que dejó esta tragedia, pero nos recuerda algo que nunca deberíamos olvidar: la esperanza no es negar la realidad, sino creer que Dios sigue obrando aun cuando nuestros ojos todavía no pueden verlo.
Quizás hoy tu oración sea la misma que hizo Hernán bajo los escombros: “Señor, hazme un milagro”.
Y aunque todavía no conozcas cómo llegará la respuesta, podés tener la certeza de que Dios escucha cada clamor, sostiene a quienes confían en Él y nunca abandona a los que ponen su esperanza en Sus manos.
Porque aun en la noche más larga, la luz de Dios siempre encuentra la manera de abrirse camino.
Por: Maby Pastrana
