El brote de ébola que afecta a la provincia de Ituri, en el noreste de la República Democrática del Congo (RDC), continúa cobrando vidas entre quienes se encuentran en la primera línea de atención médica. En el transcurso de una sola semana, dos médicos vinculados a instituciones evangélicas fallecieron tras contraer el virus mientras asistían a pacientes en zonas donde la enfermedad aún no había sido oficialmente identificada.
Una de las víctimas fue el doctor Vladimir Maduali, de 30 años, quien murió durante la madrugada del domingo luego de permanecer dos días conectado a oxígeno en un centro de aislamiento de Rwampara. Su fallecimiento se produjo en un contexto especialmente crítico para el hospital donde trabajaba, que había perdido a cuatro integrantes de su personal en apenas cuatro días.
Pocos días después, el doctor Blaise Tibenderana Katho, médico del Centre Médical Évangélique (CME) de Bunia, también falleció a causa de la enfermedad, generando una profunda conmoción entre colegas, familiares y comunidades a las que servía.

Un brote que golpea al personal sanitario
Las muertes de ambos profesionales se producen en medio de una emergencia sanitaria que ya ha provocado al menos 220 fallecidos y más de 900 casos sospechosos en la región de Ituri.
Diversas organizaciones evangélicas y entidades de ayuda humanitaria llevan años desarrollando tareas médicas y sociales en esta zona del país, caracterizada por la pobreza, la inestabilidad y el acceso limitado a servicios de salud. Tras la aparición del brote, muchas de estas organizaciones reforzaron su presencia para atender a las comunidades afectadas.
Según los reportes disponibles, tanto Maduali como Tibenderana atendieron a numerosos pacientes procedentes de Mongbwalu y Rwampara antes de que las autoridades sanitarias declararan oficialmente la epidemia.
La detección temprana del virus se vio dificultada porque el laboratorio de referencia no contaba con los reactivos necesarios para identificar la cepa Bundibugyo, una variante menos frecuente que la cepa Zaire. Esta situación generó falsos negativos y provocó que varios casos fueran diagnosticados inicialmente como malaria o fiebre tifoidea.
“Murió mientras salvaba vidas”, expresó con dolor el hermano de Vladimir Maduali al conocer la noticia.
Una historia que se repite en los brotes de ébola
Los fallecimientos de Maduali y Tibenderana vuelven a poner de relieve la vulnerabilidad de los trabajadores sanitarios que prestan servicio en regiones donde las epidemias suelen detectarse tardíamente y donde los recursos médicos son limitados.
Su labor en comunidades alejadas, muchas veces sin equipamiento suficiente y con escasa infraestructura sanitaria, los convierte en actores fundamentales para la atención primaria, pero también en algunos de los más expuestos al contagio durante las primeras etapas de los brotes.
Mientras la epidemia continúa avanzando en Ituri, numerosos médicos, enfermeros y voluntarios siguen desempeñando su trabajo en circunstancias complejas, manteniendo el compromiso de asistir a las poblaciones más vulnerables.
Otro médico evangélico continúa hospitalizado
La crisis también afecta al doctor Peter Stafford, médico evangélico que contrajo ébola mientras trabajaba en RDC y que actualmente permanece internado en Berlín bajo estrictas medidas de aislamiento.
Según los últimos informes médicos, su estado sigue siendo grave pero estable, aunque presenta signos alentadores de recuperación y una disminución progresiva de la carga viral.
Las autoridades sanitarias mantienen en observación preventiva a su entorno cercano. Su familia permanece sana, aunque su esposa —también médica— resultó contagiada y continúa bajo seguimiento médico.
La preocupación
La expansión de la enfermedad se desarrolla además en un contexto marcado por la violencia armada que afecta al este de la República Democrática del Congo.
Ante esta situación, el director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, advirtió sobre lo que definió como una “convergencia catastrófica” entre la epidemia y el conflicto armado.
Según señaló, la inseguridad dificulta el acceso de los equipos humanitarios, obstaculiza el seguimiento de contactos y complica las estrategias de aislamiento necesarias para contener la propagación del virus.
Por ese motivo, hizo un llamado urgente a favor de un alto el fuego que permita fortalecer la respuesta sanitaria y proteger a las comunidades afectadas por el brote.