Diez principios para una participación cristiana madura en la política.
Participo desde hace varios años en distintas organizaciones que buscan, desde la política, generar procesos de transformación en sus ciudades y naciones. Maravilloso. He conocido a cientos de personas que asumen un llamado y una responsabilidad superior: ser relevantes en medio de un ámbito desafiante y, muchas veces, muy oscuro.
Todos son mis maestros. Cada uno, desde su particularidad y estilo, me enseña cosas muy importantes para mejorar mi experiencia y mi trabajo. Los honro y les agradezco. Algunos son muy conocidos; otros nunca lo serán. Sin embargo, sus semillas de sabiduría están en mi cerebro y en mi corazón.
Debo decir también que mi recorrido en este llamado a la política me ha permitido conocer gente honesta, pero honestamente equivocada, que cree que se puede hacer política sin esfuerzo, sacrificio ni dinero. Imposible. No funciona así. No es el camino. No y no.

Hay un enorme problema con esa tendencia a mistificar la acción política de los cristianos, en algunos casos al borde del delirio. Les explico con más detalle:
1. Confundir evangelización con acción política
Este es uno de los mayores errores. Inocentemente, algunos creen que por llevar una Biblia Thompson con tapa de madera al Congreso, sus colegas de banca se convertirán al cristianismo. Eso no va a pasar.
He dicho mil veces que el cristiano en política debe ser reconocido por su capacidad de gestión, y no por su evangelización. Hagamos bien las cosas, seamos incorruptibles y, seguramente, como consecuencia de esa conducta, nos preguntarán por qué hacemos lo que hacemos.
2. Esperar candidatos perfectos
Existe la idea de que, si el candidato no es santo de toda santidad, no podemos militar en su espacio. A ver, hasta donde yo sé, jamás el arcángel Gabriel va a ser candidato.
Además, la luz sirve para alumbrar en la oscuridad. En lugar de ocupar espacios donde podemos marcar la diferencia, nos alejamos de las posibilidades de aportar sabiduría, ética y profesionalismo en lugares que lo necesitan con urgencia. Sí, hay que bancarse algunas malas palabras, entre otras cosas, pero es parte del precio de involucrarse.
Tampoco es cierto que la llegada milagrosa de salvadores de la patria sea lo que necesitamos. Ser evangélico no garantiza ser un buen político. Ser famoso ministerialmente tampoco. Estamos hablando del país, no de liderar una iglesia. No es lo mismo. Esto es para personas con un llamado, no para oportunistas.
3. El partido perfecto no existe
No vamos a encontrar ninguna expresión ideológica que cumpla totalmente con los principios bíblicos. Tengamos esto en claro.
Pero sí estoy convencido de que podemos participar en partidos que se acercan mucho a lo que cada uno entiende como principios bíblicos para el bienestar del ser humano. Podemos fortalecer esos puntos en común mientras ejercitamos paciencia con aquellos aspectos en los que no estamos completamente de acuerdo.
El partido bíblico puro de la santidad de los últimos días no existe.
4. Lo confesional como límite
Desde mi perspectiva personal, los partidos fuertemente identificados con lo confesional no tienen éxito. No lo tuvieron ni lo tendrán.
Porque lo confesional evangélico les cierra las puertas a otras personas que, sin compartir nuestra fe, pueden colaborar y aportar desde principios éticos que sí compartimos.
¿Acaso no trabajarías con un amigo judío? Por ejemplo.
5. El desafío económico
Un gran desafío es el económico. Se necesita dinero para sostener la acción partidaria. Y, a veces, veo con preocupación a varios actores que predican un llamado a conquistar las naciones… con la plata de otros.
Es como aquella famosa señora, admirada por muchos, que ayudó a algunos pobres con el dinero del Estado. ¡Así cualquiera!
La autoridad también se recibe cuando cada uno pone sobre la mesa su propio dinero y su propio sacrificio, y desde allí realiza la inversión.
Esa idea de que mi billetera deba sostener tu llamado por obligación no me parece ética.
Obviamente, cuando Dios observa que hacemos nuestra parte, se encarga de proveer sobrenaturalmente. Lo sé muy bien. Pero pedir que los hermanos financien tu llamado no me parece correcto. Es ejercer presión en el nombre del Señor, y por eso algunos celulares ya no responden ciertos mensajes… Ya saben que se llama para pedir. En fin.
6. La necesidad de especialización
Pienso que debemos ser más certeros en nuestro enfoque político.
Aprovechando la metáfora futbolera, diría que no se puede patear el córner y cabecear al mismo tiempo. No se puede ser bueno en todo.
La especialización en la acción política es urgente porque vivimos en un mundo cada vez más complejo, donde los detalles son cada vez más específicos y requieren un alto nivel de preparación.
Me refiero a que definamos, según nuestro llamado, nuestros dones y los conocimientos adquiridos, cuál será nuestro rol: asesor legislativo, economista, experto en políticas públicas, internacionalista, abogado con carrera judicial, diplomático, analista, periodista, etc.
Hay miles de lugares desde donde servir a Dios, pero debemos entender que no podemos ocuparlos todos.
7. La importancia de estudiar
El viejo versito místico de que con la revelación divina alcanza para ser un buen político ya no convence a nadie.
Si no se estudia, hay una enorme posibilidad de fracasar… con todo éxito.
Estudiar es llenar el cerebro de conocimiento especializado para que lo que hagamos sea de calidad y marque la diferencia.
Gracias a Dios, hoy existen muchas opciones educativas de gran nivel que ayudan a profundizar la teoría que luego será puesta en práctica.
Debo reconocer que los progres entendieron muy bien esto. Independientemente de las nefastas ideas que promueven, la gran mayoría estudió y sabe cómo defender sus posiciones.
Por eso hago un llamado a no hablar de aquello que desconocemos y a estudiar para tener argumentos sólidos al momento de presentar y defender nuestras ideas y nuestras convicciones.
8. Dejar de mendigar atención
Hay que dejar de mendigar la atención de la clase política.
Nos quejamos de que nos usan, pero algunos cristianos, con sus actitudes lastimeras, contribuyen a que eso ocurra.
La obsesión por conseguir una foto con el intendente, cueste lo que cueste, muchas veces termina desvalorizando el Reino que representamos.
Soy consciente de que hay que darse a conocer, aparecer y participar. Claro que sí.
Pero una cosa es eso y otra muy distinta es colgarse del cuello de un funcionario para luego publicar una foto diciendo: “Soy amigo de…”. Todos sabemos que eso no es cierto. Fuiste uno entre cientos que estuvieron allí y se sacaron una foto. Es solo una foto.
9. Prudencia en el análisis espiritual
Por último, seamos cuidadosos con nuestro análisis espiritual de la realidad política.
Hay cosas que Dios muestra para orar y otras que, quizás, también puedan comentarse.
El mundo espiritual solo se comprende espiritualmente. Lo creo profundamente. Pero también creo en el poder de la prudencia y de la humildad.
De lo contrario, corremos el riesgo de convertirnos en una especie de “Illuminati evangélico”, convencido de tener la última revelación acerca de cómo funcionan los demonios y de que nadie puede moverse si no sigue esa línea.
Creo que una intercesión certera tiene mucho más poder que andar por todos lados cortando cabezas espirituales, porque no siempre manejamos correctamente la espada y podemos terminar hiriendo a otros.
Una vez más, crecer en prudencia nos vuelve mucho más efectivos.
10. Hemos avanzado
Estamos mejor que antes, sin ninguna duda. Hemos logrado cosas que eran impensables hace apenas diez años.
Dios ha sido bueno con nosotros y nos ha guiado.
También creo que es sabio reconocer nuestras debilidades y errores, incluso aquellos cometidos con buena intención, porque solo así podremos perfeccionar este maravilloso llamado de ser instrumentos para transformar el mundo de la política.
Dr. Marcelo Diaz