Cómo leer los cables
Cuando se habla de ArgenLeaks es fácil caer en dos interpretaciones extremas. Una sostiene que los cables diplomáticos filtrados por WikiLeaks demostrarían que Estados Unidos controlaba la Argentina desde su Embajada. La otra los reduce a simples informes burocráticos sin demasiada trascendencia.
Ambas lecturas simplifican un material mucho más complejo.
Un cable puede contener hechos observados, declaraciones de terceros, rumores, acusaciones, opiniones e interpretaciones de la propia Embajada. No todo posee el mismo valor probatorio. Pero cuando los documentos se leen de manera conjunta, dejan de parecer episodios aislados y revelan algo diferente:
una cartografía estratégica del poder argentino.
Washington no buscaba conocer solamente al gobierno de turno. También intentaba identificar quién podía gobernar mañana; quién tenía acceso al poder; quién influía sobre las decisiones; quién poseía capacidad territorial; quién construía opinión pública y qué sectores podían movilizar, negociar o bloquear.
Por eso los cables registran conversaciones con un arco político extraordinariamente amplio: oficialistas, opositores, gobernadores, intendentes, empresarios, periodistas, jueces, organizaciones civiles, autoridades religiosas, científicos, militares y funcionarios de inteligencia.
Lo estratégicamente relevante no era cada contacto por separado, sino la posibilidad de conservar, comparar y analizar esas conversaciones a lo largo del tiempo.
Un funcionario podía describir una interna del Gobierno. Un opositor explicar cómo veía al oficialismo. Un empresario anticipar los efectos de una medida económica. Un periodista interpretar una disputa. Un gobernador describir su relación con la Casa Rosada.
El organigrama indica quién ocupa un cargo. La red permite comprender quién tiene acceso, quién influye, quién está enfrentado con quién y quién puede conseguir que algo ocurra.
Pero conocer la estructura del poder argentino era sólo una parte del problema.
La disputa por la imagen de Estados Unidos
La propia Embajada consideraba que Estados Unidos tenía una imagen profundamente negativa dentro de la sociedad argentina. En 2008 llegó a sostener que nuestro país presentaba el nivel de antiamericanismo más alto del hemisferio occidental.
Se trataba del diagnóstico de la representación estadounidense, no de una conclusión propia.
Ese problema tampoco era interpretado de manera aislada. En documentos regionales, los diplomáticos estadounidenses proponían ampliar su presencia más allá de las élites tradicionales, utilizar programas políticos y sociales, fortalecer relaciones institucionales y disputar ideas y visiones frente a otros proyectos de influencia en América del Sur. Argentina formaba parte, así, de una competencia más amplia por legitimidad, vínculos y modelos de organización política y económica.
Ese diagnóstico producía una dificultad estratégica: una presión demasiado visible podía alimentar precisamente el rechazo que Washington pretendía reducir. Cuanto más apareciera Estados Unidos intentando condicionar abiertamente a la Argentina, mayor podía ser el beneficio político interno de confrontarlo.
La respuesta propuesta no consistía solamente en publicidad.
Incluía intercambios juveniles, enseñanza del inglés, programas para docentes, actividades científicas, cultura, música, deporte, viajes de periodistas y relaciones con organizaciones de la sociedad civil.
La sociedad civil constituía una capa especialmente valiosa de esa estrategia. Organizaciones de derechos humanos, centros de políticas públicas, fundaciones y entidades de orientaciones ideológicas diferentes podían aportar diagnósticos, especialistas, legitimidad pública o acceso a comunidades específicas. Pero esas organizaciones tampoco eran receptoras pasivas: podían buscar cooperación, financiamiento, visibilidad internacional, asistencia técnica o contactos para impulsar sus propias agendas.
Los jóvenes ocupaban un lugar especialmente importante porque eran considerados la próxima generación de dirigentes. La educación poseía una ventaja estratégica evidente:
sus efectos podían durar más que los gobiernos.
Esto no significa que una persona que participara de una beca o de un intercambio se transformara automáticamente en defensora de Estados Unidos. No existe evidencia para sostener semejante conclusión.
El poder blando funciona de una manera más sutil.
Puede producir conocimiento directo, familiaridad cultural, relaciones personales, legitimidad, contactos profesionales y redes capaces de mantenerse durante años.
Construir relaciones no equivale a obtener obediencia.
Sin embargo, conocer, relacionarse y mantener canales abiertos constituye un activo estratégico. Especialmente cuando esas relaciones pueden sobrevivir a los cambios de gobierno.
Medios, economía y recursos estratégicos
Los medios de comunicación también formaban parte de ese mapa. Un periodista podía ser simultáneamente fuente de información, intérprete de una disputa política y actor con capacidad para influir sobre cómo la sociedad comprendía esa disputa.
La discusión sobre la televisión digital mostraba otra dimensión del poder. Estados Unidos promovía su propio estándar tecnológico. Esto recuerda que la política internacional no se disputa solamente mediante territorio, comercio o Fuerzas Armadas. También se disputa mediante normas, regulaciones, patentes y procedimientos.
La Embajada seguía además inversión extranjera, deuda, energía, propiedad intelectual, recursos naturales y clima de negocios. Defendía intereses empresariales concretos, pero también buscaba participar de la discusión argentina sobre el papel del Estado, el mercado y el capital extranjero.
En los informes sobre el llamado nacionalismo de recursos aparecía una dificultad semejante a la observada en la diplomacia pública. La representación estadounidense reconocía que una intervención demasiado confrontativa podía fortalecer la resistencia social frente al capital extranjero. Por eso recomendaba argumentar de manera menos visible, mediante relaciones con funcionarios, empresas, medios, organizaciones civiles, otras embajadas e instituciones financieras internacionales.
Aquí aparece una distinción fundamental:
poseer recursos no es lo mismo que poseer poder.
Un recurso se transforma en capacidad estratégica cuando un país puede conocerlo, explotarlo, agregarle valor, transportarlo, financiarlo, protegerlo y decidir políticamente sobre su utilización.
Capacidades, cooperación y autonomía
Los cables también prestaban atención a la Justicia, los servicios de inteligencia, las Fuerzas Armadas y la cooperación internacional en seguridad. Eso no demuestra automáticamente subordinación. Sí revela circulación de información, relaciones institucionales y conocimiento acumulado.
El caso de INVAP ofrece un contrapunto especialmente importante. La propia Embajada describía a la empresa argentina como un competidor tecnológico de nivel mundial por sus capacidades nucleares, espaciales y de radares.
Ese caso demuestra que la autonomía no significa aislamiento. Una empresa nacional puede cooperar con organismos extranjeros, competir en mercados internacionales y utilizar vínculos diplomáticos sin dejar de representar una capacidad propia. El verdadero problema estratégico aparece cuando la cooperación externa no se equilibra con conocimiento, tecnología, financiamiento e instituciones nacionales capaces de sostener decisiones independientes.
Argentina no aparece allí como un actor pasivo, sino como un país con conocimientos y capacidades propias.
Lo mismo puede decirse de los interlocutores argentinos. Políticos, empresarios, científicos, jueces, periodistas y organizaciones también utilizaban sus relaciones internacionales para conseguir información, cooperación, financiamiento, tecnología, mercados o respaldo para sus propias agendas.
Por eso es indispensable distinguir:
Observar, acceder, influir y controlar no significan lo mismo.
La pregunta de fondo
Los cables no prueban un control absoluto sobre la Argentina. Revelan una arquitectura persistente de observación, relaciones, cooperación, persuasión y defensa de intereses.
Muestran también que el poder no consiste únicamente en poseer recursos o ejercer coerción. Consiste en producir conocimiento, conservarlo, contrastarlo y convertirlo en capacidad para anticipar escenarios y tomar decisiones.
Malvinas resume esa diferencia: legitimidad, voluntad política, recursos en disputa y capacidad material no son dimensiones equivalentes. Una reivindicación puede poseer respaldo jurídico y social sin contar necesariamente con los instrumentos suficientes para modificar una situación efectiva.
La cuestión de fondo no es indignarse porque una potencia observa a otros países, construye relaciones e intenta mejorar su influencia. Eso forma parte de la política internacional.
La pregunta verdaderamente importante es otra:
¿Posee Argentina capacidades institucionales sostenidas para conocer a los actores externos, construir relaciones, anticipar escenarios, defender sus intereses y transformar sus recursos en poder efectivo?
La potencia acumula conocimiento.
El país observado, demasiadas veces, vuelve a empezar.
Lic. Emanuel Napolitano
