Lo que comenzó como una disputa territorial entre israelíes y palestinos terminó convirtiéndose en uno de los principales laboratorios geopolíticos de nuestro tiempo. En Gaza convergen la guerra convencional, el derecho internacional, la lucha por la legitimidad, las narrativas globales y la disputa por el futuro del orden internacional. Comprender este conflicto exige abandonar las explicaciones simples y observar cómo territorio, poder y legitimidad se transformaron en variables inseparables. Este atículo es una sinopsis del informe completo llamado “Israel-Gaza: Territorio, Poder y Legitimidad”.
CUANDO LA FUERZA YA NO ALCANZA
Durante siglos, las guerras fueron estudiadas a partir de los movimientos militares, las capacidades materiales y los resultados obtenidos en el campo de batalla. Los vencedores imponían condiciones, los derrotados las aceptaban y el nuevo equilibrio político surgía de la correlación de fuerzas. Sin embargo, el conflicto entre Israel y Gaza demuestra que el siglo XXI funciona bajo una lógica diferente.
La fuerza continúa siendo indispensable. Ningún Estado puede renunciar a garantizar su seguridad ni puede ignorar amenazas directas contra su población. Pero la experiencia reciente muestra que la capacidad de destruir al adversario ya no garantiza, por sí sola, una victoria estratégica duradera.
La guerra contemporánea se desarrolla en varios escenarios simultáneos: el militar, donde operan ejércitos, inteligencia y logística; el diplomático, donde los gobiernos construyen consensos o imponen costos; el jurídico, donde tribunales internacionales evalúan responsabilidades; y el comunicacional, donde medios, redes sociales y liderazgos de opinión moldean percepciones que terminan influyendo sobre decisiones políticas concretas.
Gaza se ha convertido en el punto donde todas esas dimensiones convergen. El ataque de Hamas del 7 de octubre de 2023 modificó la percepción de seguridad israelí y alteró el equilibrio regional. La respuesta militar de Israel buscó degradar la capacidad operativa de Hamas. Pero, a medida que avanzaban las operaciones, la destrucción material y la crisis humanitaria desplazaron el centro de gravedad hacia otro terreno: el de la legitimidad.
“La fuerza puede conquistar un territorio. La legitimidad determina si puede conservarla.”
La pregunta ya no era solamente quién podía ganar la guerra. La pregunta comenzó a ser qué tipo de paz podía construirse después de ella. Esa diferencia es decisiva: las guerras terminan cuando cesan los disparos, pero los conflictos continúan mientras subsistan las causas políticas, territoriales y sociales que los originaron. Israel posee superioridad militar frente a Hamas. Sin embargo, la historia demuestra que la superioridad militar no siempre se traduce en estabilidad política. La capacidad de ocupar un territorio no garantiza la capacidad de gobernarlo; la capacidad de destruir una organización no asegura la desaparición de las condiciones que permitieron su surgimiento; y la capacidad de ganar una batalla no implica ganar la narrativa que explicará esa batalla al resto del mundo.
Allí reside una de las claves del conflicto actual: la legitimidad se ha transformado en un recurso estratégico. No reemplaza a la fuerza, pero determina hasta qué punto los resultados obtenidos mediante la fuerza pueden sostenerse en el tiempo.
UNA HISTORIA QUE NUNCA TERMINÓ
Para comprender la dimensión actual de la guerra resulta imprescindible regresar a sus orígenes. Ningún conflicto prolongado puede explicarse sólo por los acontecimientos más recientes. Detrás de cada enfrentamiento existen memorias colectivas, experiencias históricas y relatos que moldean la manera en que cada sociedad interpreta la realidad. La creación del Estado de Israel en 1948 respondió a una aspiración nacional judía profundamente vinculada a siglos de persecución y al trauma del Holocausto. Para millones de judíos, la existencia de Israel constituyó la materialización de un proyecto histórico de supervivencia nacional. Pero ese mismo proceso fue vivido de manera radicalmente diferente por gran parte de la población palestina, asociada al desplazamiento, la pérdida territorial y la ausencia de soberanía.
Las guerras de 1948 y 1967 modificaron radicalmente el mapa regional. La ocupación de Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este agregó nuevas capas de complejidad: ya no se trataba solamente de fronteras entre Estados, sino también de administración de poblaciones, asentamientos, seguridad, soberanía y reconocimiento internacional.
Los Acuerdos de Oslo generaron expectativas de paz, pero no lograron resolver los temas más sensibles: fronteras, refugiados, Jerusalén, seguridad y asentamientos. La retirada israelí de Gaza en 2005 modificó la situación territorial, aunque no produjo una solución política estable. El ascenso de Hamas profundizó la fragmentación palestina y debilitó las posibilidades de una representación unificada. Por eso el conflicto actual no puede entenderse como una crisis aislada: es la manifestación contemporánea de preguntas históricas que permanecen abiertas.

EL NUEVO CAMPO DE BATALLA: LA LEGITIMIDAD
Si la primera mitad del siglo XX estuvo dominada por la competencia industrial y militar entre grandes potencias, la primera mitad del siglo XXI parece marcada por una disputa distinta: la lucha por la legitimidad. La legitimidad siempre existió como factor político; lo novedoso es que hoy opera de manera más rápida, visible y globalizada. Las imágenes recorren el mundo en minutos. Las organizaciones humanitarias publican informes casi en tiempo real. Los medios internacionales amplifican testimonios y denuncias. Los tribunales intervienen mientras los conflictos siguen en desarrollo. La guerra ya no termina cuando terminan los combates: continúa en expedientes judiciales, investigaciones internacionales, sanciones diplomáticas y disputas por la memoria histórica.
“La guerra contemporánea se libra simultáneamente en el terreno, en los tribunales y en la opinión pública.”
Las acciones de Hamas fueron condenadas por la magnitud del ataque contra civiles israelíes. Sin embargo, la respuesta militar israelí también comenzó a ser sometida a un escrutinio creciente por sus consecuencias humanitarias. La Corte Internacional de Justicia, la Corte Penal Internacional y diversos organismos multilaterales ingresaron de manera activa en el debate global. El derecho internacional no posee tanques ni aviones, pero modifica costos políticos, y esos costos son parte de la estrategia. La legitimidad influye sobre alianzas, cooperación militar, inversiones, asistencia financiera y capacidad diplomática. Un Estado puede obtener victorias tácticas y, al mismo tiempo, enfrentar un deterioro progresivo de su posición internacional. Por eso la pregunta ya no es únicamente cuánto territorio se controla, sino qué nivel de legitimidad acompaña ese control.
Clave editorial El conflicto ya no se mide sólo por avances militares. Cada decisión táctica genera efectos humanitarios; esos efectos producen narrativa pública; y la narrativa ingresa al campo jurídico-diplomático. Allí se define buena parte del costo estratégico de la guerra.

LOS ACTORES DETRÁS DE LA GUERRA
Una de las mayores simplificaciones consiste en presentar el conflicto como una confrontación exclusiva entre Israel y Hamas. La realidad es más compleja: cada decisión relevante está condicionada por una red de actores estatales y no estatales con intereses propios. Estados Unidos continúa siendo el principal aliado estratégico de Israel. Su apoyo militar, diplomático y financiero constituye uno de los pilares de la seguridad israelí, pero también implica costos reputacionales cuando la crisis humanitaria se profundiza. Irán representa el principal competidor regional: busca aumentar el costo de seguridad para Israel y Washington mediante mecanismos de presión indirecta, alianzas regionales y apoyo a actores no estatales.
Qatar y Egipto cumplen funciones de mediación. Su influencia no proviene de la capacidad militar, sino de su posición como intermediarios capaces de facilitar negociaciones, intercambios de prisioneros y corredores humanitarios. Arabia Saudita observa el conflicto desde una perspectiva más amplia: preservar estabilidad regional, contener a Irán y mantener margen frente a las grandes potencias. La Unión Europea intenta combinar principios jurídicos, asistencia humanitaria y diplomacia, aunque sus diferencias internas limitan una posición común robusta. A ellos se suman Naciones Unidas, organizaciones humanitarias, instituciones religiosas, medios internacionales y movimientos transnacionales de opinión. Algunos aportan recursos materiales; otros, legitimidad; otros, capacidad de presión. La combinación de todos estos factores determina la dinámica real del conflicto.
Matriz de poder: Israel busca seguridad verificable y degradación de Hamas, pero enfrenta deterioro reputacional. Hamas puede sobrevivir como identidad política, aunque su estrategia expone a la población civil a costos devastadores. Estados Unidos conserva influencia decisiva, aunque paga costos de legitimidad. Los mediadores ganan peso cuando la salida militar se agota.
LA BATALLA POR EL RELATO
Las guerras contemporáneas también se libran en el terreno de las ideas. Medios, redes sociales, instituciones religiosas, universidades y organizaciones civiles participan en la construcción de legitimidad. Definen quién aparece como víctima, quién como agresor y qué acciones son percibidas como aceptables o inadmisibles. El componente religioso no explica por completo el conflicto, pero tampoco puede ignorarse. En la esfera pública, ciertos discursos religiosos actúan como tecnologías de legitimación: ordenan moralmente el conflicto, distribuyen inocencia y culpabilidad, y simplifican dilemas políticos complejos. Cuando una autoridad moral ingresa en política internacional debe aceptar examen histórico, jurídico y humanitario. Ninguna identidad sagrada puede funcionar como inmunidad estratégica frente al sufrimiento civil.
LA RECONSTRUCCIÓN
“La reconstrucción de Gaza será probablemente más difícil que la propia guerra.”
La destrucción suele captar la atención durante los conflictos, pero desde una perspectiva estratégica la reconstrucción suele ser más importante que la guerra. Destruir infraestructura es relativamente rápido; construir instituciones funcionales es extraordinariamente difícil. La reconstrucción de Gaza implicará inversiones multimillonarias, coordinación internacional, mecanismos de supervisión, acuerdos políticos y garantías de seguridad. Pero el problema central no será financiero sino político: ¿quién administrará Gaza?, ¿quién garantizará seguridad?, ¿quién controlará los recursos?, ¿quién representará a los palestinos?, ¿quién supervisará la ayuda internacional? Detrás de cada una de estas preguntas se esconde una disputa por el poder. Hospitales, escuelas, carreteras y viviendas son indispensables. Pero si no existen instituciones legítimas capaces de administrarlos, el riesgo de recaída en la violencia permanece elevado. La estabilidad requiere algo más que infraestructura: requiere confianza. Y la confianza constituye uno de los recursos más escasos en Medio Oriente.
Pregunta de posguerra: La reconstrucción no debe evaluarse sólo como obra pública. Cada hospital, escuela, cruce fronterizo o mecanismo financiero formará parte de una arquitectura de gobernanza.
GAZA 2035: LOS ESCENARIOS POSIBLES
La prospectiva no busca adivinar el futuro; busca identificar trayectorias plausibles. En el caso de Gaza pueden visualizarse tres grandes escenarios.

El primero es la contención frágil: disminuye la intensidad de la violencia, aumenta la asistencia humanitaria y se evita una escalada regional, pero las causas profundas permanecen sin resolver. Es probablemente el escenario más realista en el corto plazo. El segundo es un acuerdo político más amplio. Requeriría presión internacional sostenida, participación regional, garantías de seguridad para Israel y mecanismos creíbles de representación palestina. Es el escenario más deseable, pero también el más difícil. El tercero es la fragmentación crónica: prolongación de la crisis humanitaria, deterioro institucional, radicalización social y episodios recurrentes de violencia. Es el escenario más preocupante porque transforma el conflicto en una condición permanente. La evolución futura dependerá de múltiples variables, pero todas convergen en una misma cuestión: la gobernanza de la posguerra. Si fracasa, el conflicto continuará bajo nuevas formas. Si funciona, podría abrirse una oportunidad limitada para modificar una dinámica que lleva décadas reproduciéndose.
“La pregunta estratégica no es sólo quién gana la batalla militar, sino qué actor puede sostener políticamente el mapa resultante después de la guerra.”
CONCLUSIÓN ESTRATÉGICA
Israel y Gaza representan mucho más que un conflicto regional. Se han convertido en un laboratorio donde se ponen a prueba los grandes dilemas de nuestro tiempo: seguridad y derechos humanos, soberanía y legalidad internacional, fuerza militar y legitimidad política, memoria histórica y convivencia futura. La guerra ha demostrado que la capacidad de destruir continúa siendo importante. Pero también ha demostrado que la capacidad de construir legitimidad puede ser aún más decisiva. Las guerras no terminan verdaderamente cuando se firma un alto el fuego. Terminan cuando surge un orden político capaz de ser aceptado, aunque sea de manera imperfecta, por quienes deberán vivir dentro de él. Esa es la verdadera pregunta que permanece abierta en Gaza: no quién ganó la batalla, sino quién será capaz de sostener políticamente el mundo que emerja después de ella.
Indicadores a observar: Acceso humanitario sostenido; continuidad de mediadores; cooperación judicial parcial; representación palestina creíble; garantías de seguridad verificables; y financiamiento de reconstrucción con control civil. Si estos indicadores fallan, la trayectoria se acerca a la fragmentación crónica.
Lic. Emmanuel Napolitano
